Nico encuentra a sus personajes

Cerca del monumento a los caídos sintió olor a marihuana. A un par de metros, había un banco ocupado por dos personajes que conocía de lejos. A veces, cuando estaba cansado, en vez de caminar se tomaba un colectivo para volver del trabajo a su casa. Como casi todas las líneas que operaban en General Green, el colectivo pasaba por la plaza y a través de la ventanilla veía a esos pibes —les calculaba más o menos su edad— sentados siempre en ese mismo banco. Se preguntaba si en algún momento del día harían algo que no fuera estar sentados ahí.

Uno estaba sobre el respaldo, con los pies apoyados en el asiento; era flaco, esmirriado; tenía el pelo largo, la mirada perdida en otra dimensión y una sonrisa que no dejaba dudas sobre el contenido del canuto humeante que pitaba de vez en cuando. El otro era ancho y tenía el pelo corto; estaba echado hacia adelante, con los antebrazos sobre las piernas y una botella de cerveza en la mano; miraba con desprecio a la gente que pasaba.

Se sentó sobre el césped, apoyando la espalda contra el monolito de los caídos, y sacó de la mochila el cuaderno de bocetos. Estaban demasiado cerca como para mirarlos descaradamente, así que empezó a tirar líneas fingiendo que dibujaba el monumento al General Green, echándoles de vez en cuando una mirada furtiva.

Los resumió en la menor cantidad de trazos posibles. Sacó el torso del ancho de un cuadrado y el del esmirriado de una salchicha que dibujó sin levantar el lápiz. Hizo los círculos de las cabezas, colocó brazos y piernas en los torsos y entró en los detalles de las caras: dibujó los ojos como puntos negros, las narices como guiones y enfatizó los rasgos de carácter, el ceño fruncido del ancho y la sonrisa del esmirriado.

Después, le dio manos al ancho para que pudiera sostener una botella —con la etiqueta en blanco— y dibujó el porro del esmirriado con una raya minúscula que nacía en un extremo de su boca. Hizo el humo con una línea vertical, ondulante, que terminaba en una pequeña nube.

Cuando echó la última mirada, para comparar el boceto con la realidad, su vista se encontró con la del ancho que estaba clavada en él. Sin dejar de mirarlo, el ancho levantó el mentón y moduló, sin sonido, una pregunta que Nico escuchó resonar dentro de su cabeza: «¿qué carajo mirás?».

No tuvo tiempo de pensar la respuesta. El ancho saltó del banco, apoyó la botella en el suelo y caminó hacia él, avanzando con los brazos algo separados del cuerpo y los puños cerrados, listos para lo que hiciera falta.

—¿Te gusto, capo? —le preguntó, agachado, con la nariz a centímetros de la suya.

El olor a alcohol que el ancho tenía en el aliento le hizo pensar que no importaba demasiado lo que contestase, iba a cobrar aunque diera con la réplica pacifista más inspirada.

—Soy dibujante —optó por la verdad.

Con mucha suavidad, cuidando que el movimiento no fuera confundido con un ataque o un desafío, levantó el cuaderno de bocetos para que el ancho pudiera verlo.

El pibe miró el cuaderno como si lo odiara y Nico se preparó para esquivar o bloquear la trompada que sin duda estaba a punto de caerle encima.

Pero no hubo piña porque detrás del ancho apareció el esmirriado, con su sonrisa de paz y amor, como un ángel de salvación.

—Qué genial —dijo, mirando el boceto con los ojos apenas abiertos—. ¿Me lo regalás?

—Claro —contestó Nico; arrancó con cuidado la hoja del cuaderno y se la pasó.

Mientras el esmirriado contemplaba el boceto, estirando la sonrisa, encantado de que ahora fuera suyo, el ancho dio un par de pasos hacia atrás pero mantuvo la expresión hostil; se lo veía descolocado por la intervención de su compañero.

El esmirriado todavía tenía el porro en la mano y se lo ofreció a Nico.

Fumar marihuana en la vía pública era una transgresión que le quedaba grande —había fumado apenas dos o tres veces en su vida, en fiestas— pero aceptó porque pensó que era la mejor manera de sellar la paz.

El porro era diminuto, apenas pudo apretarlo haciendo pinza con el índice y el pulgar; le dio una chupada corta y lo devolvió agradeciendo con una inclinación de cabeza.

—Cuidate, artista —dijo el esmirriado y empezó a caminar de vuelta hacia su banco.

El ancho siguió a su compañero, pero antes le echó una última mirada feroz a Nico, como para indicarle que la próxima vez no la iba a sacar tan barata.