El libro de los insectos humanos

Qué raro escribe Tezuka. Raro. Raro. Raaaaro. Cada vez que lo leo, aunque sea en un trabajo mainstream para niños como Astroboy) me pregunto si ese efecto de extrañamiento que me produce se debe a mi mirada occidental o proviene directamente del interior de don Osamu. Es decir, me pregunto: ¿Tezuka era un raro del carajo o solo era Japonés? Tengo que decir que he leído a unos cuantos japoneses y si bien siempre siento un poco de efecto “lost in translation” los demás nunca llegan al nivel del Manga no Kamisama.

¿A qué me refiero con que escribe raro? A las historias en sí mismas. A las motivaciones de sus personajes. A las cosas que les pasan. A cómo reaccionan esos personajes ante las cosas que les pasan. A los detalles. A la manera en que Tezuka retuerce la verosimilitud estándar, sin romperla pero llevándola al límite, para darle a la historia la forma que a él le interesa. Leyendo la obra que hoy me ocupa pensé muchísimas veces: ¿Qué? ¿De verdad pasa esto ahora? ¿Por qué? ¿A qué viene? ¿Qué significa? Lo importante, el quid de la cuestión, la magia… es que no pude parar de leer.

El libro de los insectos humanos es una obra serializada entre 1970 y 1971 que, según los expertos, pertenece a la época oscura de Tezuka. Se nota esa oscuridad, lo tiñe todo. La protagonista, Toshiko Tomura, es una mujer joven, hermosa y sin escrúpulos que se dedica a canibalizar a sus parejas, a copiar sus talentos y robarles su trabajo. Así, Toshiko logra triunfar en el teatro, el diseño gráfico, la literatura y también en el arte de matar, dejando atrás un tendal de gente que, a pesar de haber sido humillada, robada y maltratada, no puede dejar de amarla.

¿Es thriller esto? Qué se yo. Sin duda, la lectura es pregnante, atrapa, pero no hay cuestión que resolver. Lo que no te deja soltar el tomo es el personaje de Toshiko y el efecto que produce en los demás: odio y amor a partes iguales. Más que un thriller, diría que es un culebrón psicológico, oscuro, deeeenso y, otra vez… RARO. Voy a dar un ejemplo de rareza bien puntual: de vez en cuando, Toshiko, como para recargarse las pilas, se retira a una casa que tiene alquilada en su pueblo natal, donde se prende al pecho de un muñeco de cera de su madre.

En lo gráfico, el maestro está es su plenitud; claro, preciso, yendo de los personajes caricaturezcos a los fondos hiperrealistas sin esfuerzo, manteniendo una narrativa prístina y metiendo de vez en cuando una composición de página digna de ser estudiada en la Academia. Llama mucho la atención la forma en que estiliza el cuerpo de la protagonista en las escenas sexuales (hay una cuantas), quizás para señalar, se me ocurre ahora, la capacidad de Toshiko de transformarse, moldearse a sí misma.

Para terminar, es importante, diría, señalar la mirada sobre la mujer que hay en esta obra. La pérfida protagonista de sangre fría que podría tomarse por un arranque de misoginia engaña. “Es lo que tiene que hacer un chica sola para sobrevivir en este mundo”, o algo así, dice varias veces Toshiko, que durante la historia, además de triunfar en todos los campos que elige, tiene romances con hombres y mujeres por igual, se masturba y aborta en contra de la voluntad de un poderoso marido. Cuando nosotros fuimos, Osamu fue y volvió varias veces… en 1971.