Buda volumen 1, de Osamu Tezuka

Hoy toca otra maravilla de don Osamu a quien cada día quiero más. Pero antes de comentar la obra en sí, voy a detenerme en la edición porque sirve para medir el vertiginoso avance del manga sobre occidente en las últimas dos décadas. Este primer tomo de Buda en edición de Planeta DeAgostini (publicado en 2002) representa el ANTES. Primero, se lee de izquierda a derecha. Segundo y más significativo, los editores (doy por descontado que gente muy competente) decidieron NO PONER en portada un dibujo de Osamu Tezuka; apuntaron al marketing de Buda, la figura religiosa, y escondieron al autor pensando, calculo, que su dibujo cartoony podía espantar a lectores generalistas, no iniciados en la historieta. Hoy, veinte años más tarde, en el DESPUÉS, ni el más borracho o estúpido de los editores publicaría a Tezuka con un dibujo de otro artista en la tapa. Hoy, al menos en el mundo de la edición de cómics, el Dios del Manga mata al resto de las deidades.

En una cita reproducida en el prólogo del tomo, Tezuka dice que esta “no es una adaptación ilustrada de las escrituras budistas” y que considera a esta obra “ciencia ficción religiosa”. Lo que hace el maestro, según el prologuista (el director del Instituto de estudios religiosos de Nazan Nagoya) es tomar los puntos más importantes de la vida de Siddhartha y construir sobre ellos una versión libre, llena de situaciones y personajes de creación propia. Personajes como Tatta, el niño paria ladrón, y Chapra, el esclavo rebelde y aparentemente invencible, que se afanan este primer tomo de 304 páginas. Buda nace en la página 264.

Al principio desconcierta un poco eso de que Buda sea apenas la promesa de un nacimiento, una subtrama que se mecha de vez en cuando y que dista de ser la más interesante del tomo. Pero la historia que se nos cuenta, la del cruce entre Chapra y su madre (que escapan de su amo), la de Tatta (no hago spoilers), el monje Naradatta (que anda buscando al iluminado) y el general Budai (que quiere invadir en el reino donde nacerá el niño divino) es tan intensa y atrapante que enseguida te empieza a dar lo mismo si Buda aparece o no. En unas pocas páginas, Tezuka logra que te importen los personajes que creó para la ocasión. Yo acabo de terminar el segundo tomo, todavía no sé qué peso tienen esos personajes en la historia global, pero hace rato que los amo.

No me esperaba para nada encontrarme con una historia tan llena de peleas, persecuciones, duelos, ataques, masacres. La narración es trepidante, no paran de pasar cosas tremendas. Este es un manga de acción, de lucha y aventura. Tiene momentos verdaderamente desgarradores que Tezuka, en uno de esos pases de magia que son su marca registrada, mezcla con chistes que a veces son autorreferenciales o rompen la cuarta pared. El maestro le escapa a la solemnidad como a la peste (lección anotada). “Tranqui, que esto es una historieta”, te dice. Y cuatro viñetas más tarde te vuelve a poner el nudo en la garganta.

El dibujo es glorioso, como siempre, y el mundo que propone no tiene fisuras, parece que Tezuka lo estuviera copiando y no inventándolo trazo a trazo. No hay dos personajes de esos que salen en el fondo de la viñetas y no vuelven a salir nunca más que se parezcan entre sí. Todo el mundo tiene su propia cara, y son caras bien peculiares. Al haber mucha pelea, destaca la plasticidad con que se mueven los guerreros entre un festival de líneas cinéticas que conducen la mirada con precisión. Don Osamu usa mucho las diagonales (a veces incluso para las paredes de las viñetas) para darle un dinamismo vertiginoso a la historia. Y de pronto, cuando se hace la calma y toca descansar el ojo, se luce un fondo (normalmente de naturaleza) enorme, detallado, precioso, que parece un grabado de Doré. Como si todo lo anterior fuera poco, sobre el final del tomo, Tezuka se autoimpone un desafío de esos hacen temblar a los dibujantes: mete en la historia una competencia de tiro con arco en la que dos rivales disparan flechas a blancos en movimiento. Y sí… adivinaste. El troesma sale airoso y nos deja una lección magistral de narrativa de obligada consulta.

¿A quién le puede extrañar que el manga haya conquistado occidente?

El libro de los insectos humanos

Qué raro escribe Tezuka. Raro. Raro. Raaaaro. Cada vez que lo leo, aunque sea en un trabajo mainstream para niños como Astroboy) me pregunto si ese efecto de extrañamiento que me produce se debe a mi mirada occidental o proviene directamente del interior de don Osamu. Es decir, me pregunto: ¿Tezuka era un raro del carajo o solo era Japonés? Tengo que decir que he leído a unos cuantos japoneses y si bien siempre siento un poco de efecto “lost in translation” los demás nunca llegan al nivel del Manga no Kamisama.

¿A qué me refiero con que escribe raro? A las historias en sí mismas. A las motivaciones de sus personajes. A las cosas que les pasan. A cómo reaccionan esos personajes ante las cosas que les pasan. A los detalles. A la manera en que Tezuka retuerce la verosimilitud estándar, sin romperla pero llevándola al límite, para darle a la historia la forma que a él le interesa. Leyendo la obra que hoy me ocupa pensé muchísimas veces: ¿Qué? ¿De verdad pasa esto ahora? ¿Por qué? ¿A qué viene? ¿Qué significa? Lo importante, el quid de la cuestión, la magia… es que no pude parar de leer.

El libro de los insectos humanos es una obra serializada entre 1970 y 1971 que, según los expertos, pertenece a la época oscura de Tezuka. Se nota esa oscuridad, lo tiñe todo. La protagonista, Toshiko Tomura, es una mujer joven, hermosa y sin escrúpulos que se dedica a canibalizar a sus parejas, a copiar sus talentos y robarles su trabajo. Así, Toshiko logra triunfar en el teatro, el diseño gráfico, la literatura y también en el arte de matar, dejando atrás un tendal de gente que, a pesar de haber sido humillada, robada y maltratada, no puede dejar de amarla.

¿Es thriller esto? Qué se yo. Sin duda, la lectura es pregnante, atrapa, pero no hay cuestión que resolver. Lo que no te deja soltar el tomo es el personaje de Toshiko y el efecto que produce en los demás: odio y amor a partes iguales. Más que un thriller, diría que es un culebrón psicológico, oscuro, deeeenso y, otra vez… RARO. Voy a dar un ejemplo de rareza bien puntual: de vez en cuando, Toshiko, como para recargarse las pilas, se retira a una casa que tiene alquilada en su pueblo natal, donde se prende al pecho de un muñeco de cera de su madre.

En lo gráfico, el maestro está es su plenitud; claro, preciso, yendo de los personajes caricaturezcos a los fondos hiperrealistas sin esfuerzo, manteniendo una narrativa prístina y metiendo de vez en cuando una composición de página digna de ser estudiada en la Academia. Llama mucho la atención la forma en que estiliza el cuerpo de la protagonista en las escenas sexuales (hay una cuantas), quizás para señalar, se me ocurre ahora, la capacidad de Toshiko de transformarse, moldearse a sí misma.

Para terminar, es importante, diría, señalar la mirada sobre la mujer que hay en esta obra. La pérfida protagonista de sangre fría que podría tomarse por un arranque de misoginia engaña. “Es lo que tiene que hacer un chica sola para sobrevivir en este mundo”, o algo así, dice varias veces Toshiko, que durante la historia, además de triunfar en todos los campos que elige, tiene romances con hombres y mujeres por igual, se masturba y aborta en contra de la voluntad de un poderoso marido. Cuando nosotros fuimos, Osamu fue y volvió varias veces… en 1971.

Ashen Victor, de Yukito Kishiro

No juzgues a este manga por la tapa. No hagas como hice yo, que tardé un año en atreverme a sacarlo de la batea de la biblioteca y enterarme de que es una obra de Yukito Kishiro, nada más y nada menos que el autor de Battle Angel Alita, esa maravilla, uno de los mangas que más impacto e influencia ha tenido en occidente. De hecho, Ashen Victor es una especie de spin-off de la obra magna de Kishiro. Cuenta la historia de un jugador de motorball, el mismo deporte ultraviolento en el que Alita brillaba en su propia saga.

Es un manga raro Ashen Victor, por dos razones. La primera es su extensión: es un tomo único de poco más de ciento veinte páginas, lo que en términos japoneses es una historia muy corta. Su segunda rareza es que, tratándose de un manga deportivo, su protagonista dista mucho de ser el típico muchachito-ganador-que-lo-dará-todo-por-llegar-a-lo-más-alto que acostumbra verse en el género. Snev, el prota, es un perdedor (de pinta muy parecida a la de Edward Scissorhands) con tendencias suicidas. Repito: tendencias suicidas. La verdad es que el pibe tiene mucho talento, pero cada vez que está a punto de ganar una carrera… explota.

¿Cómo que explota? Eso, explota. Vuela por aire desmembrado, por su propia voluntad, en un acto de autoboicot sádico. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? Bueno, esto spoilea un poco pero no demasiado y vale la pena contarlo. En su primera carrera, Snev tuvo la mala suerte de atropellar a un tipo, un espectador que se metió en el circuito a correr (a contramano) vestido de maratonista. Snev chocó con él de frente y lo hizo papilla. Desde ese día, cada vez que Snev está por ganar una carrera, el maratonista se le aparece y le llena la cabeza de pensamientos negativos hasta hacerlo explotar. Literalmente. Boom. Pero… como casi todo el cuerpo de Snev es robótico, lo vuelven a armar y a correr de nuevo. Show must go on. Al público adicto al motorball le encanta ver explotar a Snev el suicida.

Con la premisa de arriba yo tuve suficiente para enamorarme de este manga, pero hay más. La historia es también un thriller ambientado en el mundo del deporte de alta competencia. Hay drogas, asesinatos, corporaciones podridas por dentro, mucha guita cambiando de mano, suspenso y un elenco de personajes muy bien diseñados (por dentro y por fuera) que se vuelven inmediatamente entrañables, como en el caso del ingeniero Holmegolud, u odiables como pasa con Dulagunov, otro jugador del equipo de Snev, un descerebrado con pinta de orco.

En este manga, Yukito Kishiro le pegó un volantazo a su estilo de dibujo. Se ve que el hombre, al momento de crear la obra, estaba fascinado con Sin City de Frank Miller. La influencia llega por momentos a la copia (en esas arrugas blancas de la ropa, tan millerianas) pero no pasa nada porque, según el prólogo, Kishiro mismo se ocupó de blanquear el asunto a voz en cuello. Y además, Kishiro es un virtuoso del carajo, como desmostró en Alita, con o sin Frank de por medio. Su arte brilla sobre todo en la escenas de acción que tienen una intensidad sobrecogedora. Nadie dibuja la velocidad como este maestro, que con una figura estática apenas separada del suelo y un puñado de líneas cinéticas, te pone el corazón a docientos por hora.

Si tengo que desaprobar algo, diría que los diálogos a veces pecan de informativos. Pero eso hasta podría considerarse una marca de estilo: cuando hay que explicar se explica y después a correr. Además, el detallito no arruina para nada la experiencia de lectura. Ashen Victor es una historieta redonda, compacta, intensa, de esas que se leen en una sentada y te dejan profundamente satisfecho.