Civil herido

Civil herido es el segundo cuento de una serie de relatos conectados entre sí que llamo Futuro Green. El primero se llama Zapatillas y pantallitas y si todavía no lo leíste o escuchaste te recomiendo empezar por ahí.


El periodista está sentado en el inodoro. Escrolea su pantallita buscando un drone barato, en una aplicación de compraventa de usados. Lleva más de un mes laburando sin drone, desde que se incendió la química del parque industrial. El aparatito entró en la columna humo y no salió más. La plataforma ya le tiró la bronca porque los videos le quedan chatos usando solamente la cámara de acción.

Salta una alerta que ocupa toda la pantalla. El escáner acaba de encontrar un código potable en una comunicación de Gendarmería: es una serie alfanumérica que avisa de un enfrentamiento con civil herido. No es una gran noticia que a Gendarmería se le escape un tiro, pero el rojo de la sangre, bien vendido en la miniatura del menú, le garantiza al periodista un número de visualizaciones nada despreciable.

Abre el escáner y se pone los auriculares. Pasa frecuencias. Encuentra enseguida una modulación del hospital: mandan la ambulancia al barrio 25 de Mayo por solicitud de Gendarmería. El periodista putea bajito. Si la víctima es residente del 25M las visualizaciones caen en picada. En la miniatura, el tono de la piel neutraliza al de la sangre. Con suerte, saca para la nafta y una docena de empanadas.

Sigue pasando frencuencias durante un par de minutos, como esperando un milagro, y al final decide salir. Los últimos meses fueron flojísimos, tiene la heladera vacía y la luz pendiente de pago.

Tira la cadena, se limpia, se sube los pantalones y sale del baño. Va a la cocina y toma agua. Le pone comida al gato, agarra el casco, la mochila que tiene preparada junto a la puerta, y baja al garaje a buscar la moto.

Desde el ascensor manda una notificación de servicio a la plataforma y un aviso a Gendarmería, solicitando acceso al Perímetro 25M. En un mensaje automático, la plataforma le ofrece hacer streaming. Rechaza la oferta porque está prohibido hacer directos dentro del barrio. La Gendarmería no contesta, pero eso no le preocupa porque conoce a todos los turnos de guardia del control de entrada.

Su moto está al fondo del último subsuelo, comparte una plaza de coche con otra moto y cuatro bicicletas. Está hecha mierda, pobrecita. Le falta un espejo, el tanque tiene un bollo, el caño de escape está picado, no arranca de llave, la lista es interminable, y además, según la nueva ley de tránsito, en menos de seis meses tiene que cambiarla por una híbrida. Estaba juntando plata pero ahora el drone se va a comer lo poco que tenía ahorrado.

El periodista se pone el casco y sube a la moto. Patea. Patea. Patea y arranca.

Para llegar al 25 de Mayo tiene que cruzar el centro del municipio. Hace slalom por la avenida principal, esquivando sedanes y colectivos a gas, hasta que topa con un nudo impenetrable. Suenan bocinas. Se escuchan puteadas. Hay para rato. Sube la moto a la vereda y hace cincuenta metros, esquivando peatones que lo insultan, hasta llegar a la esquina.

Rodea el centro, avanzando por calles interiores, amplias y arboladas, en las que se alternan chalets antiguos en perfecto estado de conservación con casas de arquitectura moderna que parecen sin estrenar. En los garajes, brillan camionetas cero emisiones. Los jardines son exuberantes, de un verde bien regado sobre el que de vez en cuando aparecen manchas de rojo, amarillo, violeta o blanco, diseñadas por manos profesionales. Hasta yendo arriba de una moto que quema mal, con el casco puesto, el periodista percibe un aroma floral, genérico y dulzón. El único detalle disonante del paisaje son las rejas que protegen todas las aberturas a la vista.

El oasis dura quince cuadras y se corta en una calle cualquiera. Ahora las casas son bajas y necesitan una mano de pintura. Los jardines son artesanales o directamente silvestres. El verde tira a seco. En los garajes se alternan vehículos ultilitarios y familiares a nafta. A medida que avanza, el periodista ve cada vez más ópticas aguantadas con cinta de embalar y guardabarros color antióxido. Las rejas en todas las aberturas son el único punto de continuidad con el paisaje de las quince cuadras anteriores.

El periodista llega a una nueva avenida, más ancha y con menos tráfico que la principal. Acelera a fondo. Solo deja de acelerar cada vez que cruza un semáforo en rojo, pero jamás frena del todo. Recorre así unos tres kilómetros, hasta que la avenida muere en la entrada principal del barrio.

Frena delante de la garita de Gendarmería.

–Le ganaste al hospital, buitre –dice el gendarme que sale a recibirlo.

–Qué olfato tenés para el fiambre –comenta otro a los gritos, desde el interior de la garita.

Parece que el civil herido pasó a mejor vida, y ya sea dentro o fuera del barrio, un muerto da como mínimo el doble el doble de visualizaciones que un herido. El periodista se va a poder comprar una botella de vino para empujar las empanadas.

Saluda a los gendarmes y chequea su pantallita. Se sorprende porque ya tiene autorización para entrar al perímetro, cuando lo usual es tener que repetir la solicitud o tirarle un par de billetes a la guardia para acelerar el trámite.

Baja de la moto y le pone el pie.

–Cuidámela –le dice el al gendarme que lo atiende, mientras le muestra el código de barras de la autorización.

–¿Quién te va a robar esta poronga? –pregunta el gendarme escaneando el código.

A cien metros del control hay dos camionetas verde oliva y un camión civil de carga. Alrededor de los vehículos hay por lo menos una docena de gendarmes con armas largas. Las calles están vacías, no hay residentes a la vista, y eso significa que rige el toque de queda en el barrio.

El periodista se acerca a los gendarmes y es recibido por un sargento ayudante que ya está al tanto de su llegada.

–Grabe al occiso antes de que se lo lleven y después hablamos –sugiere el gendarme.

–Fenómeno –contesta el periodista.

La buena predisposición le indica que la fuerza no apretó el gatillo. Tiene que haber sido un asunto entre residentes: una pelea de borrachos armados, una historia de cuernos, un ajuste de cuentas entre banditas. Exactamente lo que afuera quieren ver de adentro, lo que piden a gritos: algo que justifique el muro, el alambre de púas y las torretas cada cien metros. Las visualizaciones potenciales saltan de escala. Mínimo, mínino, el periodista paga la luz y llena la heladera.

El sargento empieza a caminar hacia el muerto y el periodista lo sigue. El cuerpo está a unos veinte metros, tirado boca abajo sobre el asfalto, justo delante de la escuela, que es un edificio ruinoso, como todos los que hay la vista, señalado por un mástil del que cuelga, mustia, una banderita quemada por el sol. No hay verde en el paisaje; hay gris asfalto, gris cemento, gris chapa y más allá empieza el marrón seco de las calles de tierra.

El sargento camina con la vista fija al frente, sin decir una palabra.

–¿Fue una pelea? –pregunta el periodista.

El Sargento niega con la cabeza.

–Se pusieron locos porque vino menos yerba –explica–. Cagaron a trompadas al chofer del camión de reparto y le partieron la cabeza al peón de un piedrazo.

La combinación de fiambre externo y asesino residente es el contenido perfecto. El tamaño de la ola de odio que se viene es incalculable. Y el odio es viral. El periodista se va a comprar un drone de última generación, a estrenar, y la streetfighter cero emisiones que vio la semana pasada en un concesionario de zona norte.

El sargento frena en seco la marcha a veinte pasos del cuerpo.

–Ahí lo tiene –dice–. Lo dejo trabajar.

Vuelve a reunirse con sus compañeros.

El periodista camina hinchado de adrenalina, con la vista fija en el muerto, que le ofrece la nuca. El charco de sangre ya está demasiado oscuro, va a tener que levantar el tono en la edición.

Le cruzan por la cabeza unas vacaciones de quince días, en un lugar con mar azul, arena blanca y tragos en RGB. Pero tiene que moderar sus expectativas ni bien llega junto al peón y le ve la cara; por muy externo que sea, tiene la piel del mismo color que los residentes.