Civil herido

Civil herido es el segundo cuento de una serie de relatos conectados entre sí que llamo Futuro Green. El primero se llama Zapatillas y pantallitas y si todavía no lo leíste o escuchaste te recomiendo empezar por ahí.


El periodista está sentado en el inodoro. Escrolea su pantallita buscando un drone barato, en una aplicación de compraventa de usados. Lleva más de un mes laburando sin drone, desde que se incendió la química del parque industrial. El aparatito entró en la columna humo y no salió más. La plataforma ya le tiró la bronca porque los videos le quedan chatos usando solamente la cámara de acción.

Salta una alerta que ocupa toda la pantalla. El escáner acaba de encontrar un código potable en una comunicación de Gendarmería: es una serie alfanumérica que avisa de un enfrentamiento con civil herido. No es una gran noticia que a Gendarmería se le escape un tiro, pero el rojo de la sangre, bien vendido en la miniatura del menú, le garantiza al periodista un número de visualizaciones nada despreciable.

Abre el escáner y se pone los auriculares. Pasa frecuencias. Encuentra enseguida una modulación del hospital: mandan la ambulancia al barrio 25 de Mayo por solicitud de Gendarmería. El periodista putea bajito. Si la víctima es residente del 25M las visualizaciones caen en picada. En la miniatura, el tono de la piel neutraliza al de la sangre. Con suerte, saca para la nafta y una docena de empanadas.

Sigue pasando frencuencias durante un par de minutos, como esperando un milagro, y al final decide salir. Los últimos meses fueron flojísimos, tiene la heladera vacía y la luz pendiente de pago.

Tira la cadena, se limpia, se sube los pantalones y sale del baño. Va a la cocina y toma agua. Le pone comida al gato, agarra el casco, la mochila que tiene preparada junto a la puerta, y baja al garaje a buscar la moto.

Desde el ascensor manda una notificación de servicio a la plataforma y un aviso a Gendarmería, solicitando acceso al Perímetro 25M. En un mensaje automático, la plataforma le ofrece hacer streaming. Rechaza la oferta porque está prohibido hacer directos dentro del barrio. La Gendarmería no contesta, pero eso no le preocupa porque conoce a todos los turnos de guardia del control de entrada.

Su moto está al fondo del último subsuelo, comparte una plaza de coche con otra moto y cuatro bicicletas. Está hecha mierda, pobrecita. Le falta un espejo, el tanque tiene un bollo, el caño de escape está picado, no arranca de llave, la lista es interminable, y además, según la nueva ley de tránsito, en menos de seis meses tiene que cambiarla por una híbrida. Estaba juntando plata pero ahora el drone se va a comer lo poco que tenía ahorrado.

El periodista se pone el casco y sube a la moto. Patea. Patea. Patea y arranca.

Para llegar al 25 de Mayo tiene que cruzar el centro del municipio. Hace slalom por la avenida principal, esquivando sedanes y colectivos a gas, hasta que topa con un nudo impenetrable. Suenan bocinas. Se escuchan puteadas. Hay para rato. Sube la moto a la vereda y hace cincuenta metros, esquivando peatones que lo insultan, hasta llegar a la esquina.

Rodea el centro, avanzando por calles interiores, amplias y arboladas, en las que se alternan chalets antiguos en perfecto estado de conservación con casas de arquitectura moderna que parecen sin estrenar. En los garajes, brillan camionetas cero emisiones. Los jardines son exuberantes, de un verde bien regado sobre el que de vez en cuando aparecen manchas de rojo, amarillo, violeta o blanco, diseñadas por manos profesionales. Hasta yendo arriba de una moto que quema mal, con el casco puesto, el periodista percibe un aroma floral, genérico y dulzón. El único detalle disonante del paisaje son las rejas que protegen todas las aberturas a la vista.

El oasis dura quince cuadras y se corta en una calle cualquiera. Ahora las casas son bajas y necesitan una mano de pintura. Los jardines son artesanales o directamente silvestres. El verde tira a seco. En los garajes se alternan vehículos ultilitarios y familiares a nafta. A medida que avanza, el periodista ve cada vez más ópticas aguantadas con cinta de embalar y guardabarros color antióxido. Las rejas en todas las aberturas son el único punto de continuidad con el paisaje de las quince cuadras anteriores.

El periodista llega a una nueva avenida, más ancha y con menos tráfico que la principal. Acelera a fondo. Solo deja de acelerar cada vez que cruza un semáforo en rojo, pero jamás frena del todo. Recorre así unos tres kilómetros, hasta que la avenida muere en la entrada principal del barrio.

Frena delante de la garita de Gendarmería.

–Le ganaste al hospital, buitre –dice el gendarme que sale a recibirlo.

–Qué olfato tenés para el fiambre –comenta otro a los gritos, desde el interior de la garita.

Parece que el civil herido pasó a mejor vida, y ya sea dentro o fuera del barrio, un muerto da como mínimo el doble el doble de visualizaciones que un herido. El periodista se va a poder comprar una botella de vino para empujar las empanadas.

Saluda a los gendarmes y chequea su pantallita. Se sorprende porque ya tiene autorización para entrar al perímetro, cuando lo usual es tener que repetir la solicitud o tirarle un par de billetes a la guardia para acelerar el trámite.

Baja de la moto y le pone el pie.

–Cuidámela –le dice el al gendarme que lo atiende, mientras le muestra el código de barras de la autorización.

–¿Quién te va a robar esta poronga? –pregunta el gendarme escaneando el código.

A cien metros del control hay dos camionetas verde oliva y un camión civil de carga. Alrededor de los vehículos hay por lo menos una docena de gendarmes con armas largas. Las calles están vacías, no hay residentes a la vista, y eso significa que rige el toque de queda en el barrio.

El periodista se acerca a los gendarmes y es recibido por un sargento ayudante que ya está al tanto de su llegada.

–Grabe al occiso antes de que se lo lleven y después hablamos –sugiere el gendarme.

–Fenómeno –contesta el periodista.

La buena predisposición le indica que la fuerza no apretó el gatillo. Tiene que haber sido un asunto entre residentes: una pelea de borrachos armados, una historia de cuernos, un ajuste de cuentas entre banditas. Exactamente lo que afuera quieren ver de adentro, lo que piden a gritos: algo que justifique el muro, el alambre de púas y las torretas cada cien metros. Las visualizaciones potenciales saltan de escala. Mínimo, mínino, el periodista paga la luz y llena la heladera.

El sargento empieza a caminar hacia el muerto y el periodista lo sigue. El cuerpo está a unos veinte metros, tirado boca abajo sobre el asfalto, justo delante de la escuela, que es un edificio ruinoso, como todos los que hay la vista, señalado por un mástil del que cuelga, mustia, una banderita quemada por el sol. No hay verde en el paisaje; hay gris asfalto, gris cemento, gris chapa y más allá empieza el marrón seco de las calles de tierra.

El sargento camina con la vista fija al frente, sin decir una palabra.

–¿Fue una pelea? –pregunta el periodista.

El Sargento niega con la cabeza.

–Se pusieron locos porque vino menos yerba –explica–. Cagaron a trompadas al chofer del camión de reparto y le partieron la cabeza al peón de un piedrazo.

La combinación de fiambre externo y asesino residente es el contenido perfecto. El tamaño de la ola de odio que se viene es incalculable. Y el odio es viral. El periodista se va a comprar un drone de última generación, a estrenar, y la streetfighter cero emisiones que vio la semana pasada en un concesionario de zona norte.

El sargento frena en seco la marcha a veinte pasos del cuerpo.

–Ahí lo tiene –dice–. Lo dejo trabajar.

Vuelve a reunirse con sus compañeros.

El periodista camina hinchado de adrenalina, con la vista fija en el muerto, que le ofrece la nuca. El charco de sangre ya está demasiado oscuro, va a tener que levantar el tono en la edición.

Le cruzan por la cabeza unas vacaciones de quince días, en un lugar con mar azul, arena blanca y tragos en RGB. Pero tiene que moderar sus expectativas ni bien llega junto al peón y le ve la cara; por muy externo que sea, tiene la piel del mismo color que los residentes.

Zapatillas y pantallitas

Zapatillas y pantallitas es el primer cuento de un proyecto que llamo Futuro Green. Lo podés leer vos acá abajo o darle play al video para que te lo lea yo.


El maestro está leyendo en voz alta cuando alguien grita que llegó el camión de la yerba. La primera en saltar por la ventana es Chela, su trenza larga volando detrás, como la cola de un barrilete.

La sigue el resto.

El maestro sabe que no van a volver. Nunca vuelven. Hace dos minutos creía que los tenía atrapados, que había elegido bien el cuento, que por momentos como ese valía la pena comerse la mierda que se come. Ahora, solo en aula, con el libro todavía en la mano, se cree un pobre desgraciado que da pena.

Golpean las ganas de fumar pero se aguanta; le queda un solo cigarro y no sabe cuando va volver el camión del tabaco. Nadie sabe en el barrio, ni siquiera los capangas.

Decide aprovechar el tiempo libre para tapar el agujero. Sale al exterior por la parte de atrás del edificio y sube al techo por una escalera de pintor que hay apoyada contra la pared. En el centro del techo hay algunas varillas de metal, dos bolsas de cemento, una cuchara de albañil y un tacho con diez litros de agua que llenó de madrugada en la canilla de la esquina para ahorrarse las colas.

El material es gentileza de Chela. Apareció un día con dos grandotes cargando el cemento y las varillas. El maestro no hizo preguntas, pero sabe que todo viene de obras de afuera. Para Chela, el perímetro es apenas una línea imaginaria; no hay alambrado, muro ni gendarme que la pare.

Mirando el cemento, mientras aguanta otro golpe de las ganas de fumar, el maestro se da cuenta de que Chela, una nena de trece años, es la única persona que está de su lado en la pelea que pierde todos los días.

Cuando pide algo, los capangas y los delegados lo invitan a tomar un vino y le dicen que hay otras prioridades. La última asistenta social despareció hace años. El Consejo Escolar se disolvió más o menos al mismo tiempo. La municipalidad lo manda a hablar con la provincia, la provincia lo manda a hablar con la nación, y la nación no antiende. Las madres están cuidando hermanitos o limpiando casas afuera. Los padres están presos, muertos o borrachos. Los pibes y las pibas quieren zapatillas y pantallitas, no hay nada más que les interese.

Menos a Chela.

A Chela le gustan los números. Es rápida haciendo cuentas gracias a los negocios. Vende cosas: ropa, pilas, jabón, lavandina, relojes, herramientas, lo que necesites. Anda con una bolsa militar llena. A veces le trae al maestro papel, lápices, reglas, gomas, tizas. Todo gratis.

De vez en cuando le trae una torcaza gorda de las de la quema; las mata con una onda que lleva siempre encima.

El maestro quiere sacarla. Quiere que estudie afuera. Pero ya no dan autorizaciones para estudiar afuera. Ahora dan de trabajo nada más y casi todas para domésticas. A pesar de eso el maestro no pierde la esperanza. Chela maneja plata y con plata se soluciona todo menos la muerte. La cuestión es convercerla a ella de que vale la pena gastársela en eso. Chela tiene a su cargo una hermanita menor y dos hermanos mayores.

El maestro saca el revólver que lleva en la cintura, oculto bajo la ropa. Se agacha y lo deja junto al material. Hace ocho años quiso parar una pelea entre alumnos y terminó con un cuchillo de cocina clavado a dos milímetros de la aorta. Compró el revólver cuando salió del hospital. Venía cargado con seis balas y le quedan dos. En ocho años, pegó cuatro tiros al aire, uno dentro del aula.

Golpean de nuevo las ganas de fumar y el maestro piensa que prefriría tener una bala y dos cigarros.

Escucha un griterío que viene de la calle. Es el quilombo normal del camión de yerba. Reconoce algunas voces jóvenes.

Levanta las varillas y las acerca al agujero.

Cayeron piedras de tres kilos en el último granizo. Se vino abajo medio techo de la dirección, justo arriba de su cama. Por suerte fue de día. Tuvo que mudarse al aula del fondo, que es demasiado grande, no se puede calentar. En menos de un mes, cuando empiece el invierno, se va a cagar de frío si no arregla el agujero y vuelve a la dirección.

El griterío escala volumen.

El maestro escucha clarito una puteada dura, que busca pelea. Se acerca a la parecita que remata el techo para ver qué pasa en la calle.

El camión de yerba está rodeado. Son pibes y pibas, nadie debe tener más de veinte. Gritan y putean. Le pegan patadas al camión. El conductor y su ayudante están en la cabina, con las ventanas cerradas. Las puertas de atrás están abiertas de par de par. El maestro no puede ver el interior de la caja pero asume que ya está vacía.

De la turba se desprende un pibito flaco y menudo. Corre por la calle aprentando algo contra el pecho. Cuando pasa por delante del edifico el maestro alcanza a ver que aprieta un paquete de yerba.

–¿Qué pasa? –grita el maestro.

–Trajeron menos de la mitá –contesta el pibito sin dejar de correr.

Ese pibito no toma mate y la turba tampoco. Quieren la yerba para comprar moneda del juego. Comen, cagan, cogen adentro del juego. Hacen fiestas y tienen coches. No hay perímetro adentro del juego.

El maestro tampoco toma mate; años atrás tuvo que elegir entre la yerba y el tabaco.

La turba se pone más densa y empieza a zarandear el camión.

A menos de cien metros, en el puesto de control de la entrada principal, los gendarmes miran para afuera.

De pronto Chela está en el aire, como si la turba la hubiera escupido para arriba. Aterriza sobre el capó del camión. Trepa al techo de la cabina. Grita algo. Salta con los pies juntos varias veces como si quisiera hundir el techo. El maestro nunca la vio así.

La turba abre las puertas de la cabina. El chofer y su ayudante desparecen entre los cuerpos. Los gendarmes siguen mirando para afuera. Chela dejó de saltar y ahora tira una pasitos de cumbia sobre el techo de la cabina.

Entre la turba reaperece el ayudante del chofer. Pelea y zafa. Corre desorientado por la calle hacia el interior del barrio.

Chela deja de bailar. Arma la onda y la hace girar sobre su cabeza.

El maestro corre a buscar el revólver.

El griterío frena en seco durante un par de segundos y vuelve a empezar.

Cuando el maestro se asoma a la calle, el ayudante del chofer está tirado sobre el pavimento roto. La turba no sabe qué hacer. El chofer aprovecha para correr hacia el control de la entrada. Los gendarmes ya no pueden mirar para afuera.

Chela salta del techo de la cabina y desparece.

Suenan dos tiros de fusil y la turba se desbanda.

La calle queda vacía.

Dos gendarmes se acercan al cuerpo del ayudante del chofer, con la armas preparadas para tirar. Uno de ellos le mete un par de puntazos al cuerpo con el borceguí. No hay reacción. El otro gendarme modula algo por la radio que cuelga sobre su chaleco blindado. Los dos se retiran caminando para atrás, sin darle nunca la espalda al barrio, mientras empieza a sonar la sirena del toque de queda.

El maestro saca el cigarro del bolsillo de la camisa con la mano izquierda, porque tiene el revólver en la derecha. Aguanta el cigarro entre los labios y saca el encendedor con la misma mano y del mismo bolsillo.

Se fuma el último viendo crecer un charco oscuro de sangre y masa encefálica alrededor de la cabeza del ayudante del chofer. Después se mete el revólver en la boca, apoya el caño contra el paladar y aprieta el gatillo.

El juego de las golondrinas

El juego de las golondrinas, de la autora libanesa Zeina Abirached, se cuela en occidente, sin dudas, a través de la puerta que abrió Persépolis. Hay, además, algunos parecidos insoslayables entre las dos obras: el dibujo simple, el pleno blanco y negro, la autobiografía y el conflicto político/guerra como telón de fondo que por momentos pasa al frente. Pero ahí terminan las coincidencias, primero porque las historias no se parecen en nada y segundo porque Zeina Abirached tiene su propia voz, critalizada en una narrativa con búsqueda formal, por decirlo de alguna manera, que desde la primera página la separa del trabajo de Satrapi. ¿Se imaginan lo harta que debe estar la pobre Zeina de que la comparemos con la gigante iraní?

El lugar es muy importante en esta historia y por eso la autora comienza explicándonos cuál era la situación de su barrio en el Beirut de la guerra civil del Líbano y cómo, por cuestiones de seguridad ante los combates, su familia tuvo que ir abandonando las habitaciones de la casa en que vivían hasta terminar confinada en el recibidor. En esa mínima habitación se desarrolla toda la historieta, mientras afuera arrecia la guerra. La historia empieza con la niña Zeina y su hermanito menor esperando que sus padres vuelvan de la casa de su abuela, donde han quedado varados por un recrudencimiento inesperado de los combates. Enseguida aparece Anhala, una vecina, la primera de un desfile de personajes únicos y entrañables.

La cuestión es que el recibidor de la casa de Zeina es el lugar más seguro del edificio, así que en las noches de bombardeo todos los vecinos acuden a refugiarse ahí. La primera en llegar, como ya dije, es Anhala, la criada de una familia bienestante. Después llega Chucri, el taxista; después, Ernest, el profesor de francés que recita de memoria pasajes de Cyrano de Bergerac; después llegan el señor Khaled, que trae el whisky, y la señora Linda, ex miss Líbano; y finalmente llegan Farah y Ramzi, el matrimonio que espera un hijo. A medida que los va introduciendo, la autora nos cuenta un poco de la vida de sus personajes. Sobre esas historias, todas marcadas a fuego por la guerra, y sobre la tensa espera del regreso de los padres de Zeina va la cosa. Pero ojo que esto no es dramón, todo lo contrario, en el pequeño recibidor, con los obuses tronando afuera, se vive un clima de optimismo, fraternidad e incluso de alegría.

Como mencioné en el primer párrafo, esta es un trabajo con búsqueda formal. Destacan por ejemplo, el uso de las repeticiones de elementos y los diagramas que Abirached maneja con mucha pericia. La autora, también, pone gran mimo en las composiciones de página. Se nota la voluntad de encontrar siempre la mejor manera de trasmitir la información necesaria, en lo posible de alguna forma refrescante, evitando a toda costa la monotonía. Sale muy airosa Zeina de los desafíos que se autoimpone y entrega una historieta perfecta en su humildad, chiquita como el recibidor en el que todo sucede y grande como la guerra de afuera.

Maus, de Art Spiegelman

Maus, la Gran Madre de la novela gráfica moderna, el inmenso ariete que la historieta usó para romper las puertas del gueto nerd y decirle al mundo: ojo, ojito conmigo que no solo sé hablar de tipos con superpoderes y animales antropomórficos, cuidadito, que si tengo ganas puedo meter el dedo en la llaga hasta el fondo y hacer saltar pus para todas partes. El mundo se rindió a sus pies y como ofrenda de buena voluntad le dio un Pulitzer (1992), el sacrosanto premio hasta ese momento reservado para la más exquisitas manifestaciones de la prosa. Ríos de tinta se han escrito sobre Maus, toneladas de tésis doctorales. Está claro que esta reseña no hace ninguna falta, pero bueno… allá voy.

Resulta que Art Spiegelman, el intelectual por excelencia del cómic yanqui, creador de la vanguardista e influyente cabecera Raw, es hijo de un matrimonio de judíos polacos sobreviviente de Auschwitz. En algún momento de los tempranos ochenta, con su madre ya fallecida, Art comenzó a entrevistar a su padre, Vladeck Spielgeman, con vistas a la construcción de un libro sobre sus memorias como prisionero de los nazis. Maus cuenta al mismo tiempo las experiencias de Vladeck, que superan largamente en horror a todo lo que he leído y visto sobre el tema, y el proceso de fabricación del libro, que es también el retrato de una relación padre-hijo con sus idas y vueltas, sus días buenos y de los otros.

La historia comienza cuando Vladeck Spiegelman es reclutado por el ejército para defender a su país de la invasión nazi y termina con el fin de la guerra y la desbandada del Tercer Reich. Es decir que el pobre Vladeck no se ahorró ni una escena del mayor drama del siglo XX. Pasó de ser un hombre próspero a ser prisionero de guerra y luego, ya “liberado”, a malvivir con su esposa Anja en guetos, campos, búnkeres y escondrijos hasta terminar en Auschwitz-Birkenau. Por el camino perdió a toda su familia, incluido un hijo que era apenas un niñito. Es durísima la lectura de sus peripecias y al mismo tiempo adictiva porque Vladeck es un atleta de la superviviencia, dueño de una astucia asombrosa y capaz de salir airoso de situaciones a las uno no les ve salida.

Leí Maus por primera vez hace muchos años y me quedé con la idea de que el dibujo de Art Spielgelman no me gustaba. En esta relectura, se dio vuelta la tortilla. Es increíble lo que logra transmitir el autor con el estilo simple y de “línea sucia” que se autoimpone, y me llamó mucho la atención, también, lo sólidos y lindos que se ven los fondos cuando aparecen: calles de ciudades polacas, habitaciones lujosas, estaciones de tren, barracas de campos de concentración. Está claro que Spiegelman tiene que haber trabajado esos fondos con fotografías (no hay otra opción), pero logró procesar esas imágenes e integrarlas a su dibujo tanto como si las hubiera copiado del natural. En cuanto a la narrariva, Art no busca innovar, elige una grilla con una buena cantidad de viñetas por página e intenta pasar desapercibido con éxito. La historia, La Historia, se va armando delante de tus ojos y le das gracias al cielo de que no te haya tocado vivirla a vos.

Persépolis, de Marjane Satrapi

Persépolis, de la autora iraní Marjane Satrapi, es muchas cosas. Primero que nada, es una obra inmensa, dura, honesta y conmovedora. Es una ópera prima que consagró a su autora casi de un día para el otro y la convirtió en una especie de embajadora mundial del medio oriente laico y progresista. Es también el Dark Knight o el Watchmen del cómic autobiográfico-étnico-de-conflicto. (Me explico: así como las obras de Miller y Moore desencadenaron el reinado de los superhéroes realistas y crepusculares, después del bombazo de Persépolis, los editores se lanzaron a una búsqueda frenética de dibujantes de cómic que la hubieran pasado mal en un país del llamado tercer mundo e inundaron el mercado con obras dispares). Por último, Persépolis, a mi exclusivo y obviamente subjetivo entender, es la rotunda constatación de que para hacer una gran historieta no hace falta ser un o una gran dibujante, lo imprescindible es ser un o una gran historietista, como Satrapi.

Satrapi es nieta de un príncipe derrocado y devenido primer ministro, que más tarde se hizo comunista y se pasó el resto de la vida entrando y saliendo de la cárcel. Marjane nació en el seno de una familia progresista con fuerte implicación política. De chica, ya era una especie de Mafalda de la vida real, con información, opiniones y convicciones. En Persépolis, la política, la historia de Irán y la vida privada son indisociables. La obra está estructurada en cuatro libros que originalmente se publicaron por separado. El primer libro, comieza cuando la autora tiene diez años y narra su vida durante el ascenso de la revolución islámica al poder, un aire fresco para su familia, que no tardó en ponerse rancio. En el segundo libro, Marjane cuenta el fin de su infancia y el comienzo de su adolescencia, mientras la revolución se pone cada vez más dura y estalla la guerra contra Irak. En el tercer libro, el menos político y más autobiográfico al uso, Marjane, de quince años, vive sola en Austria, país al que sus padres la enviaron a estudiar para protegerla de la guerra. El cuarto libro cuenta el regreso a Irán y la entrada de Marjane en la vida adulta.

Cada libro está dividido en capítulos, anécdotas muy hábilmente seleccionadas por la autora para hacer avanzar, al mismo tiempo, su historia y la historia con mayúsculas de su país. Digo anécdotas por decirlo de alguna manera, pero la verdad es que la palabra se queda bastante corta para describir algunos de los episodios narrados. A Marjane y su familia les pasan muchas cosas fuertes, angustiantes, indignantes y desgarradoras. Pero… también hay lugar para momentos tiernos, graciosos y esperanzadores. Además de una memoria prodigiosa, Satrapi tiene una gran sensibilidad y honestidad como narradora. Te atrapa de la manera más orgánica: contándote con naturalidad una historia impresionante.

En cuanto al aspecto gráfico de la obra, retomando una idea que solté en el primer párrafo, Satrapi no es una dibujante dotada y tampoco creo que le interese serlo. Si bien su dibujo es muy expresivo, sobre todo en cuanto gestos y movimientos de la figura humana, y de vez en cuando nos regala alguna metáfora visual hermosa, parece estar construido a partir de una gran conciencia de sus limitaciones; tiene cierta torpeza, me atrevo a decir, que le queda bien y pega con la narrativa simple, sin estridencias ni búsquedas formales, que Marjane maneja a la perfección. Viendo los resultados alcanzados, además, es para aplaudir de pie un rato largo.

“No me puedo dormir cuando leo Persépolis”, me dijo mi señora esposa, hace unos días, metida en la cama con esta novela gráfica en la manos, “¡me despierta!”. ¿Hay algo mejor que se pueda decir de un libro?

Vapor, de Max

Me resulta complicado escribir sobre este cómic de Max. Lo disfruté, me gustó mucho, pero al mismo tiempo no estoy seguro de haberlo entendido todo. Tengo la sensación de que guarda secretos que no supe encontrar. Quizás justamente por eso me gustó. Está bien, creo yo, que una obra tenga sus misterios, que no venga masticadita de entrada para que no te sientas perdido ni por un brevísimo instante, no vaya a ser cosa de que te entre el vértigo existencial y para no volver a sentir jamás esa horrible sensación de vacío decidas no comprarte la secuela, o la precuela, o la remera o los calzones con la cara del personaje principal. Por suerte, Max no vende calzones, vende historietas premium.

Vapor es una obra filosófica, lo que puede asustar un poco (al menos a mí) pero nada presuntuosa. Max rebaja la filosofía con mucho humor para construir una historia que se lee con facilidad y deleite. Arranca con Nicodemo (el de la tapa) tirado boca arriba en el desierto. Está ahí siguiendo los pasos de los monjes anacoretas, que buscaban la limpieza del espíritu a través de una vida de privaciones. “Estoy harto, ¡harto de todo!”, explica, “¡Del mundo, de la gente, de las cosas y de las ideas, de las palabras y las imágenes!”. En seguida aparece el gato Mosh y le baja los humitos. “Mirá, pibe, te veo muy trascedente, esos aires no te van a servir de nada acá”. Y después le ofrece cigarrillos, pastillas, alcohol y… chicas. En fin, el desierto no es lo que parece, incluso ahí el pobre Nick (como lo rebautiza Mosh) tendrá que luchar contra tentaciones y distracciones.

No hay en realidad mucha historia en Vapor, la anécdota es siempre mínima. Y más allá de que hay un claro orden cronológico dado por el tiempo que Nick pasa en el desierto, que los textos se encargan de contar las semanas, los capítulos casi podrían leerse y disfrutarse por separado. Casi pero no, porque, además de sacarle el jugo a una idea (Nick ve pasar a una chica; Nick se pelea con su sombra), en cada capítulo Max va sumando elementos y personajes que construyen el mundo del desierto y disparan alguna reflexión o reacción en el aprendiz de anacoreta. Todos los personajes que aparecen son frescos, sorprendentes y de una solidez sin fisuras; parece que hubieran vivido siglos en ese desierto o, mejor dicho, en la cabeza del autor.

El dibujo de Max en este libro, de trazo preciso y voluptuoso, viene de muy atrás, de los pioneros de dibujo animado y la tira diaria. Mosh, el gato, parece sacado de aquel primer corto de Mikey Mouse en el barquito. Y a juzgar por las formaciones de piedra de aspecto lunar que se ven en el horizonte, el desierto de Vapor podría ser el mismo por el que pululan los personajes de Krazy Kat, de Herriman. De hecho, cada vez que Nick empieza a ponerse banal (por ejemplo tarareando La Isla Bonita de Madonna) alguien que no aparece en plano le tira un ladrillazo para acomodarle las ideas. Da para sospechar que el ratón Ignatz no anda muy lejos.

Investigando un poco en Internet para escribir esto “descubrí” un blog en el que Max explica todo el proceso de creación de Vapor. Lo miré por arriba para no “contaminar” esta reseña y alcanzar mis propias conclusiones sobre la obra. Ahora me voy corriendo a leerlo. Si sos historietista o querés serlo, no te pierdas por nada del mundo la oportunidad de entrar en la cabeza de uno de los artistas más grandes que tenemos hoy en día, vivito, coleado y creando a un nivel estratosférico.

Buda volumen 1, de Osamu Tezuka

Hoy toca otra maravilla de don Osamu a quien cada día quiero más. Pero antes de comentar la obra en sí, voy a detenerme en la edición porque sirve para medir el vertiginoso avance del manga sobre occidente en las últimas dos décadas. Este primer tomo de Buda en edición de Planeta DeAgostini (publicado en 2002) representa el ANTES. Primero, se lee de izquierda a derecha. Segundo y más significativo, los editores (doy por descontado que gente muy competente) decidieron NO PONER en portada un dibujo de Osamu Tezuka; apuntaron al marketing de Buda, la figura religiosa, y escondieron al autor pensando, calculo, que su dibujo cartoony podía espantar a lectores generalistas, no iniciados en la historieta. Hoy, veinte años más tarde, en el DESPUÉS, ni el más borracho o estúpido de los editores publicaría a Tezuka con un dibujo de otro artista en la tapa. Hoy, al menos en el mundo de la edición de cómics, el Dios del Manga mata al resto de las deidades.

En una cita reproducida en el prólogo del tomo, Tezuka dice que esta “no es una adaptación ilustrada de las escrituras budistas” y que considera a esta obra “ciencia ficción religiosa”. Lo que hace el maestro, según el prologuista (el director del Instituto de estudios religiosos de Nazan Nagoya) es tomar los puntos más importantes de la vida de Siddhartha y construir sobre ellos una versión libre, llena de situaciones y personajes de creación propia. Personajes como Tatta, el niño paria ladrón, y Chapra, el esclavo rebelde y aparentemente invencible, que se afanan este primer tomo de 304 páginas. Buda nace en la página 264.

Al principio desconcierta un poco eso de que Buda sea apenas la promesa de un nacimiento, una subtrama que se mecha de vez en cuando y que dista de ser la más interesante del tomo. Pero la historia que se nos cuenta, la del cruce entre Chapra y su madre (que escapan de su amo), la de Tatta (no hago spoilers), el monje Naradatta (que anda buscando al iluminado) y el general Budai (que quiere invadir en el reino donde nacerá el niño divino) es tan intensa y atrapante que enseguida te empieza a dar lo mismo si Buda aparece o no. En unas pocas páginas, Tezuka logra que te importen los personajes que creó para la ocasión. Yo acabo de terminar el segundo tomo, todavía no sé qué peso tienen esos personajes en la historia global, pero hace rato que los amo.

No me esperaba para nada encontrarme con una historia tan llena de peleas, persecuciones, duelos, ataques, masacres. La narración es trepidante, no paran de pasar cosas tremendas. Este es un manga de acción, de lucha y aventura. Tiene momentos verdaderamente desgarradores que Tezuka, en uno de esos pases de magia que son su marca registrada, mezcla con chistes que a veces son autorreferenciales o rompen la cuarta pared. El maestro le escapa a la solemnidad como a la peste (lección anotada). “Tranqui, que esto es una historieta”, te dice. Y cuatro viñetas más tarde te vuelve a poner el nudo en la garganta.

El dibujo es glorioso, como siempre, y el mundo que propone no tiene fisuras, parece que Tezuka lo estuviera copiando y no inventándolo trazo a trazo. No hay dos personajes de esos que salen en el fondo de la viñetas y no vuelven a salir nunca más que se parezcan entre sí. Todo el mundo tiene su propia cara, y son caras bien peculiares. Al haber mucha pelea, destaca la plasticidad con que se mueven los guerreros entre un festival de líneas cinéticas que conducen la mirada con precisión. Don Osamu usa mucho las diagonales (a veces incluso para las paredes de las viñetas) para darle un dinamismo vertiginoso a la historia. Y de pronto, cuando se hace la calma y toca descansar el ojo, se luce un fondo (normalmente de naturaleza) enorme, detallado, precioso, que parece un grabado de Doré. Como si todo lo anterior fuera poco, sobre el final del tomo, Tezuka se autoimpone un desafío de esos hacen temblar a los dibujantes: mete en la historia una competencia de tiro con arco en la que dos rivales disparan flechas a blancos en movimiento. Y sí… adivinaste. El troesma sale airoso y nos deja una lección magistral de narrativa de obligada consulta.

¿A quién le puede extrañar que el manga haya conquistado occidente?

Los surcos del azar, de Paco Roca

Los surcos del azar es la obra consagratoria del valenciano Paco Roca, el último puñado de hojas en la corona de laureles que empezó a formarse alrededor de su testa con Arrugas y siguió creciendo con El invierno del dibujante. No imagino la presión que debe haber sentido Paco al preguntarse, después de El Invierno.. ¿Y ahora qué hago? Menos imagino la alegría que debe haber sentido al dar con la historia de la legendaria y casi secreta 9ª Compañía de la 2ª División blindada de la Francia Libre, formada en su inmensa mayoría por expatriados españoles, republicanos perdedores de la guerra civil que fueron, nada menos y nada más, que los primeros soldados aliados en entrar en la París tomada por los Nazis. Y por último, lo más difícil de imaginar es el ataque de euforia que debe haber tenido Roca al encontrar, en un pueblito francés, a un viejo gruñón llamado Miguel Ruiz, que resultó ser un miembro destacadísimo de 9ª Compañía al que se daba por desaparecido. Estamos hablando de un comando de esos que se infiltran tras la línea enemiga y se cargan a tres o cuatro nazis, a cuchillo, para robarse una pieza de artillería. Un pedazo de héroe de guerra que reíte de Charles Bronson en Los doce del Patíbulo.

La narración alterna dos tiempos, presente y pasado. En el presente, el autor, convertido en personaje de su propia historieta, llega al pueblo francés en el que vive el soldado legendario para entrevistarlo. En el pasado se cuenta el periplo de los miembros más famosos de La Nueve (nombre coloquial de la 9ª Compañía), desde su angustiosa huida de España hasta a la gloriosa entrada en París (no hay spoiler, las cartas están sobre la mesa desde el principio). Lo del presente son simplemente charlas que Paco Roca mantiene con el entrevistado, que comienza muy reticente y se va abriendo poco a poco, hasta llegar a disfrutar la experiencia. La parte del pasado cuenta una aventura increíble: los protagonistas pasan por campos de refugiados y de concentración, sobreviven a muchas decenas de combates, primero en África y luego ya en territorio europeo, siguiendo siempre la misma zanahoria: están convencidos de que si cae Hitler el siguiente en caer será Franco. No le falta nada a esta historia real, ni siquiera un romance que atraviesa la guerra de punta a punta.

Me pregunté, en algún momento, qué aportaba la parte del presente teniendo en cuenta que el material del pasado, por sí solo, daba para hacer una de Hollywood que arrasara en los Oscar. Después de pensarlo un rato me respondí que la historia no tendría el mismo impacto e incluso sería difícil de creer si no la viéramos salir de la boca de unos de sus protagonistas. No sé si Paco Roca grabó sus charlas con Miguel Ruiz, en todo caso, la reconstrucción de la voz del soldado es muy verosímil y es la que va introduciendo y comentando los episodios bélicos. El autor también pone su parte, por supuesto, sobre todo a la hora de subrayar y explicar la importancia de los hechos relatados en el contexto amplio de la contienda. Paco Roca no encontró de casualidad a Miguel Ruiz, llegó a Francia bien estudiado y apoyado por un historiador (especializado en La Nueve) que cierra el libro con un epílogo. Es decir, además de ser una de guerra adictiva, Los surcos del azar es un trabajo serio y comprometido como pocos.

En cuanto a dibujo y narrativa, Paco Roca es un autor medido, austero, clásico. Ni tira cuetes ni hace piruetas. Hace lo que hay que hacer para contar la historia de la manera más eficaz posible. En este caso, usa dos registros gráficos bien diferentes para separar pasado y presente. Para dibujar el pasado usa (diría, puedo equivocarme tranquilamente) un pincel que le da un trazo algo más suelto que el de sus trabajos anteriores (aunque para darte cuenta tenés que mirarlo muy de cerca porque Paco dibuja chiquito, mete una cantidad asombrosa de información en cada viñeta). El pasado tiene colores bélicos: marrones, verdes, caqui, algunos azules. El presente, dibujado con marcador, es casi un ejercicio de línea pura, con algunas manchas grises de aguada para dar sombras. La confusión es imposible. Hay, además, un enorme trabajo invisible de dibujo que los lectores normalmente no vemos o damos por sentado: la documentación. Para una obra de estas dimensiones históricas, el autor tuvo que hacer un máster en uniformes, vehículos, armas, lugares y hasta caras, porque la gente que dibuja existió. Y sí, está Internet, pero estoy seguro de que no alcanza.

Vuelvo, para terminar, a recalcar la seriedad y el compromiso de Paco Roca con su obra. Porque, teniendo ya en el bolsillo la historia de La Nueve, el hombre podría haberse dado por satisfecho contándola como estaba en los trabajos de los historiadores (que los hay). Pero no lo hizo, se fue a un país extranjero con la vaga promesa de encontrar a un combatiente desaparecido en acción en la Segunda Guerra Mundial, y, como recompensa a esa tenacidad, lo que encontró fue puro oro. Grande, Paco.

Fun Home, de Alison Bechdel

Fun Home, de Alison Bechdel, es una de las grandes cimas de la historieta autobiográfica y una indispensable de la historieta a secas. Es de esas obras que abre caminos, que rompe las puertas del gueto y se puede encontrar en bibliotecas de neófitos junto a novelas de Paul Auster o García Márquez. Para muestra, vale mencionar que, además de recibir un millón de premios, el New York Times la puso primera en su lista de los mejores libros del 2006, año en que se publicó. Se merece todos esos honores, a mi criterio, porque es un trabajo titánico. Y digo trabajo en el sentido del arduo laburo, tanto físico (más de 200 páginas de detallados dibujos) como psicológico al que su autora se enfrentó para construir unas memorias de su infancia y su juventud marcadas, sobre todo, por la figura de su padre, un personaje fascinante que murió trágicamente a los cuarenta y pocos, en lo que Alison asegura que fue un suicidio encubierto.

La familia de Alison vivía en un pueblo chico de Pensilvania (Estados Unidos). Su padre era el dueño de la funeraria local, y de ahí el título de la obra, que es un juego de palabras: Fun Home es Funeral Home y “casa divertida”, dicho esto último con toda la ironía del mundo. El padre también era profesor de secundaria y un obseso de la decoración y restauración que jamás paraba de trabajar en el enorme caserón familiar de estilo gótico renacentista. Aunque, sin duda, el rasgo del señor Bechdel que con mayor peso gravitó en su vida, la de su hija y el resto de la familia (esposa y dos hijos varones) fue su homosexualidad (o bisexualidad, Alison no está segura) vivida a la antigua, adentro del armario. Eso y algunos episodios de pedofilia. “Parecía un marido y padre ideal”, dice Alison, “Pero un marido y padre ideal, ¿mantendría relaciones sexuales con chicos adolescentes?”. Cosa seria y densa. ¿Se entiende ahora a qué iba cuando hablaba de arduo laburo psicológico?

Si el trabajo del artista es meter el dedo en la llaga, propia y ajena, Alison Bechdel es una SEÑORA ARTISTA. Fun Home es un obra que transpira verdad y evita en todo momento caer en la sensiblería, la autocompasión y el morbo. La autora se analiza a sí misma, a su padre y a la familia desde una distancia casi científica, pero que al mismo tiempo no se siente fría (lo cual es muy llamativo, porque la frialdad es un rasgo de identidad que Alison le atribuye a sus progenitores y a su hogar en general). Ayudada por un diario que empezó a los diez años, Bechdel establece algunos mojones de su vida entre los que destacan la muerte de su padre y el descubrimiento de su propia homosexualidad. La narración va y viene, visitando y revisitando esos mojones, agregando capas, mirándolos desde diferentes puntos de vista. Es tan orgánica y absorbente la forma en que la historia se desarrolla que parece concebida de un tirón, en una noche, pero sé por entrevistas que Bechdel tardó siete largos años en construirla.

La narración está a cargo del texto. Es la voz (escrita) de Alison la que te lleva de la nariz. Tanto es así que Fun Home podría convertirse en prosa sin mayores problemas. Pero eso no quiere decir que la otra parte, la del dibujo, sea prescindible. El dibujo aporta, sobre todo, el ambiente que es vital en la experiencia inmersiva que la obra ofrece: los interiores hiperdecorados del caserón familiar, los fondos llenos de detalles que describen la forma en que la familia vivía, el pueblo, los pequeños gestos de los personajes. Bechdel no es una virtuosa del lápiz, pero es una esforzada trabajadora con un ojo clínico para lo significativo. Dibuja miradas cargadas de sentido como poca gente sabe hacerlo. La suma de todo lo dicho da como resultado una historieta abigarrada, densa en forma y contenido, que exige mucha atención pero te da a cambio una inyección de humanidad sin rebajar que, al menos a mí, me dejó extasiado.

Contrato con Dios, de Will Eisner

Contrato con Dios, publicada por el legendario Will Eisner en 1978, ostenta el título de ser la primera novela gráfica. Es algo muy pero muy discutido incluso en el interior de la propia industria del cómic norteamericano que la vio nacer. La verdad es que hay antecedentes a patadas, por todos los rincones del globo. Por ejemplo, el Eternauta de Oesterheld y Solano la precede largamente, y solo el hecho de haber sido publicada en episodios la deja, aparentemente, fuera de competencia (menos para la Wikipedia, ojo, que la da ganadora). Además, si lo anterior no fuera suficiente como para generar dudas, Contrato con Dios, el libro, está formado por tres historias, es decir que, en el mejor de los casos, sería un libro de cuentos gráficos. Will Eisner tiene fama de haber sido un gran vendedor, pero no de humo, por suerte, porque también era un gran maestro, que hizo escuela y dejó un legado inmenso.

Esta edición de Norma Editorial compila en realidad tres trabajos de Eisner, la trilogía de la Avenida Dropsie: Contrato con Dios (compuesto a su vez por tres historietas, como ya apunté), Ansia de vivir (1988) y La avenida Dropsie (1995). Todas las historias están situadas en el mismo barrio, que según el maestro explica en la introducción del volumen, viene a ser un trasunto del Bronx donde vivió de chico. Se nota mucho que hay vida detrás de estas historias, que son en su mayoría corales y están llenas de personajes entrañables, reconocibles, robustos, redondos, reales. Es dura la vida en la Avenida Dropsie, y esta gente apechuga con todo.

La historieta que menos me gustó fue justamente la que le da título al libro, Contrato con Dios. Eisner dice en la introducción que buscaba crear “una obra importante” y esa intención se deja ver en las páginas. Hay un solemnidad y una teatralidad que me resultó impostada, y hay también una voluntad de esconder que estamos leyendo una historieta. La narración avanza en páginas de una o dos viñetas apuntaladas por textos bastantes largos. Por no mencionar el tema elegido, claro, EL TEMA. Por suerte, todas estas cosas que me atrevo a criticarle al maestro descaradamente, comienzan a diluirse a partir de la siguiente historia, El Cantante callejero. En esas páginas, Eisner empieza a encontrar el tono, se suelta, se deja llevar. La Avenida Dropsie empieza a estar viva y lo que viene después son casi cuatrocientas páginas de gozo. Y una master class de historieta.

¿Qué pasa en la Avenida Dropsie? De todo. A través de las historias del barrio, de la gente, Eisner cuenta la historia de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX: el crack de 29, la pobreza, las guerras, los jipis, la segregación racial, los narcos, las constantes oleadas de inmigración que se van superponiendo e imprimiéndole al barrio su carácter. Todo, siempre visto desde la subjetividad de unos personajes primorosamente construidos. Eisner ama a esos personajes, a su gente, y logra transmitir el sentimiento. Al final de la lectura, vos también amás a los habitantes de la Avenida Dropsie y tenés la sensación de haber vivido con ellos mil penurias y alguna alegría.

Es imposible decir algo del dibujo y la técnica narrativa de Eisner que no se haya dicho. Él mismo desmenuzó todos sus secretos en dos libros sobre el oficio que son bibliografía obligada para cualquiera que quiera dedicarse a la historieta. Así que voy a terminar con una anécdota personal. Corría 1998. Un servidor y su amigo Feliciano García Zecchín (dibujante en construcción) pululaban por los pasillos de la San Diego Comic Con. De pronto, entre la gente, divisaron a un viejito pelado con anteojos. ¿Es él? ¿Puede ser él? Sí, sí, sí… ¡Es Will Eisner! Feliciano no dudó, abordó al maestro y le preguntó si podía mostrarle sus dibujos. Feli estaba buscando trabajo y llevaba bajo el brazo una carpeta con muestras para editores de superhéroes, aunque en realidad a él no le gustaba tanto ese género; ya estaba trabajando en una historieta llamada Taca Tac (IVREA/Casterman), protagonizada por un hombre que busca a su hija secuestrada por la dictadura. El maestro Eisner accedió al pedido amablemente. Miró las muestras de superhéroes mientras charlaba con Feli, y cuando se enteró que era argentino, le dijo: “Vos tenés que contar la historia de los desaparecidos”.