El juego de las golondrinas

El juego de las golondrinas, de la autora libanesa Zeina Abirached, se cuela en occidente, sin dudas, a través de la puerta que abrió Persépolis. Hay, además, algunos parecidos insoslayables entre las dos obras: el dibujo simple, el pleno blanco y negro, la autobiografía y el conflicto político/guerra como telón de fondo que por momentos pasa al frente. Pero ahí terminan las coincidencias, primero porque las historias no se parecen en nada y segundo porque Zeina Abirached tiene su propia voz, critalizada en una narrativa con búsqueda formal, por decirlo de alguna manera, que desde la primera página la separa del trabajo de Satrapi. ¿Se imaginan lo harta que debe estar la pobre Zeina de que la comparemos con la gigante iraní?

El lugar es muy importante en esta historia y por eso la autora comienza explicándonos cuál era la situación de su barrio en el Beirut de la guerra civil del Líbano y cómo, por cuestiones de seguridad ante los combates, su familia tuvo que ir abandonando las habitaciones de la casa en que vivían hasta terminar confinada en el recibidor. En esa mínima habitación se desarrolla toda la historieta, mientras afuera arrecia la guerra. La historia empieza con la niña Zeina y su hermanito menor esperando que sus padres vuelvan de la casa de su abuela, donde han quedado varados por un recrudencimiento inesperado de los combates. Enseguida aparece Anhala, una vecina, la primera de un desfile de personajes únicos y entrañables.

La cuestión es que el recibidor de la casa de Zeina es el lugar más seguro del edificio, así que en las noches de bombardeo todos los vecinos acuden a refugiarse ahí. La primera en llegar, como ya dije, es Anhala, la criada de una familia bienestante. Después llega Chucri, el taxista; después, Ernest, el profesor de francés que recita de memoria pasajes de Cyrano de Bergerac; después llegan el señor Khaled, que trae el whisky, y la señora Linda, ex miss Líbano; y finalmente llegan Farah y Ramzi, el matrimonio que espera un hijo. A medida que los va introduciendo, la autora nos cuenta un poco de la vida de sus personajes. Sobre esas historias, todas marcadas a fuego por la guerra, y sobre la tensa espera del regreso de los padres de Zeina va la cosa. Pero ojo que esto no es dramón, todo lo contrario, en el pequeño recibidor, con los obuses tronando afuera, se vive un clima de optimismo, fraternidad e incluso de alegría.

Como mencioné en el primer párrafo, esta es un trabajo con búsqueda formal. Destacan por ejemplo, el uso de las repeticiones de elementos y los diagramas que Abirached maneja con mucha pericia. La autora, también, pone gran mimo en las composiciones de página. Se nota la voluntad de encontrar siempre la mejor manera de trasmitir la información necesaria, en lo posible de alguna forma refrescante, evitando a toda costa la monotonía. Sale muy airosa Zeina de los desafíos que se autoimpone y entrega una historieta perfecta en su humildad, chiquita como el recibidor en el que todo sucede y grande como la guerra de afuera.

Maus, de Art Spiegelman

Maus, la Gran Madre de la novela gráfica moderna, el inmenso ariete que la historieta usó para romper las puertas del gueto nerd y decirle al mundo: ojo, ojito conmigo que no solo sé hablar de tipos con superpoderes y animales antropomórficos, cuidadito, que si tengo ganas puedo meter el dedo en la llaga hasta el fondo y hacer saltar pus para todas partes. El mundo se rindió a sus pies y como ofrenda de buena voluntad le dio un Pulitzer (1992), el sacrosanto premio hasta ese momento reservado para la más exquisitas manifestaciones de la prosa. Ríos de tinta se han escrito sobre Maus, toneladas de tésis doctorales. Está claro que esta reseña no hace ninguna falta, pero bueno… allá voy.

Resulta que Art Spiegelman, el intelectual por excelencia del cómic yanqui, creador de la vanguardista e influyente cabecera Raw, es hijo de un matrimonio de judíos polacos sobreviviente de Auschwitz. En algún momento de los tempranos ochenta, con su madre ya fallecida, Art comenzó a entrevistar a su padre, Vladeck Spielgeman, con vistas a la construcción de un libro sobre sus memorias como prisionero de los nazis. Maus cuenta al mismo tiempo las experiencias de Vladeck, que superan largamente en horror a todo lo que he leído y visto sobre el tema, y el proceso de fabricación del libro, que es también el retrato de una relación padre-hijo con sus idas y vueltas, sus días buenos y de los otros.

La historia comienza cuando Vladeck Spiegelman es reclutado por el ejército para defender a su país de la invasión nazi y termina con el fin de la guerra y la desbandada del Tercer Reich. Es decir que el pobre Vladeck no se ahorró ni una escena del mayor drama del siglo XX. Pasó de ser un hombre próspero a ser prisionero de guerra y luego, ya “liberado”, a malvivir con su esposa Anja en guetos, campos, búnkeres y escondrijos hasta terminar en Auschwitz-Birkenau. Por el camino perdió a toda su familia, incluido un hijo que era apenas un niñito. Es durísima la lectura de sus peripecias y al mismo tiempo adictiva porque Vladeck es un atleta de la superviviencia, dueño de una astucia asombrosa y capaz de salir airoso de situaciones a las uno no les ve salida.

Leí Maus por primera vez hace muchos años y me quedé con la idea de que el dibujo de Art Spielgelman no me gustaba. En esta relectura, se dio vuelta la tortilla. Es increíble lo que logra transmitir el autor con el estilo simple y de “línea sucia” que se autoimpone, y me llamó mucho la atención, también, lo sólidos y lindos que se ven los fondos cuando aparecen: calles de ciudades polacas, habitaciones lujosas, estaciones de tren, barracas de campos de concentración. Está claro que Spiegelman tiene que haber trabajado esos fondos con fotografías (no hay otra opción), pero logró procesar esas imágenes e integrarlas a su dibujo tanto como si las hubiera copiado del natural. En cuanto a la narrariva, Art no busca innovar, elige una grilla con una buena cantidad de viñetas por página e intenta pasar desapercibido con éxito. La historia, La Historia, se va armando delante de tus ojos y le das gracias al cielo de que no te haya tocado vivirla a vos.

Persépolis, de Marjane Satrapi

Persépolis, de la autora iraní Marjane Satrapi, es muchas cosas. Primero que nada, es una obra inmensa, dura, honesta y conmovedora. Es una ópera prima que consagró a su autora casi de un día para el otro y la convirtió en una especie de embajadora mundial del medio oriente laico y progresista. Es también el Dark Knight o el Watchmen del cómic autobiográfico-étnico-de-conflicto. (Me explico: así como las obras de Miller y Moore desencadenaron el reinado de los superhéroes realistas y crepusculares, después del bombazo de Persépolis, los editores se lanzaron a una búsqueda frenética de dibujantes de cómic que la hubieran pasado mal en un país del llamado tercer mundo e inundaron el mercado con obras dispares). Por último, Persépolis, a mi exclusivo y obviamente subjetivo entender, es la rotunda constatación de que para hacer una gran historieta no hace falta ser un o una gran dibujante, lo imprescindible es ser un o una gran historietista, como Satrapi.

Satrapi es nieta de un príncipe derrocado y devenido primer ministro, que más tarde se hizo comunista y se pasó el resto de la vida entrando y saliendo de la cárcel. Marjane nació en el seno de una familia progresista con fuerte implicación política. De chica, ya era una especie de Mafalda de la vida real, con información, opiniones y convicciones. En Persépolis, la política, la historia de Irán y la vida privada son indisociables. La obra está estructurada en cuatro libros que originalmente se publicaron por separado. El primer libro, comieza cuando la autora tiene diez años y narra su vida durante el ascenso de la revolución islámica al poder, un aire fresco para su familia, que no tardó en ponerse rancio. En el segundo libro, Marjane cuenta el fin de su infancia y el comienzo de su adolescencia, mientras la revolución se pone cada vez más dura y estalla la guerra contra Irak. En el tercer libro, el menos político y más autobiográfico al uso, Marjane, de quince años, vive sola en Austria, país al que sus padres la enviaron a estudiar para protegerla de la guerra. El cuarto libro cuenta el regreso a Irán y la entrada de Marjane en la vida adulta.

Cada libro está dividido en capítulos, anécdotas muy hábilmente seleccionadas por la autora para hacer avanzar, al mismo tiempo, su historia y la historia con mayúsculas de su país. Digo anécdotas por decirlo de alguna manera, pero la verdad es que la palabra se queda bastante corta para describir algunos de los episodios narrados. A Marjane y su familia les pasan muchas cosas fuertes, angustiantes, indignantes y desgarradoras. Pero… también hay lugar para momentos tiernos, graciosos y esperanzadores. Además de una memoria prodigiosa, Satrapi tiene una gran sensibilidad y honestidad como narradora. Te atrapa de la manera más orgánica: contándote con naturalidad una historia impresionante.

En cuanto al aspecto gráfico de la obra, retomando una idea que solté en el primer párrafo, Satrapi no es una dibujante dotada y tampoco creo que le interese serlo. Si bien su dibujo es muy expresivo, sobre todo en cuanto gestos y movimientos de la figura humana, y de vez en cuando nos regala alguna metáfora visual hermosa, parece estar construido a partir de una gran conciencia de sus limitaciones; tiene cierta torpeza, me atrevo a decir, que le queda bien y pega con la narrativa simple, sin estridencias ni búsquedas formales, que Marjane maneja a la perfección. Viendo los resultados alcanzados, además, es para aplaudir de pie un rato largo.

“No me puedo dormir cuando leo Persépolis”, me dijo mi señora esposa, hace unos días, metida en la cama con esta novela gráfica en la manos, “¡me despierta!”. ¿Hay algo mejor que se pueda decir de un libro?

Vapor, de Max

Me resulta complicado escribir sobre este cómic de Max. Lo disfruté, me gustó mucho, pero al mismo tiempo no estoy seguro de haberlo entendido todo. Tengo la sensación de que guarda secretos que no supe encontrar. Quizás justamente por eso me gustó. Está bien, creo yo, que una obra tenga sus misterios, que no venga masticadita de entrada para que no te sientas perdido ni por un brevísimo instante, no vaya a ser cosa de que te entre el vértigo existencial y para no volver a sentir jamás esa horrible sensación de vacío decidas no comprarte la secuela, o la precuela, o la remera o los calzones con la cara del personaje principal. Por suerte, Max no vende calzones, vende historietas premium.

Vapor es una obra filosófica, lo que puede asustar un poco (al menos a mí) pero nada presuntuosa. Max rebaja la filosofía con mucho humor para construir una historia que se lee con facilidad y deleite. Arranca con Nicodemo (el de la tapa) tirado boca arriba en el desierto. Está ahí siguiendo los pasos de los monjes anacoretas, que buscaban la limpieza del espíritu a través de una vida de privaciones. “Estoy harto, ¡harto de todo!”, explica, “¡Del mundo, de la gente, de las cosas y de las ideas, de las palabras y las imágenes!”. En seguida aparece el gato Mosh y le baja los humitos. “Mirá, pibe, te veo muy trascedente, esos aires no te van a servir de nada acá”. Y después le ofrece cigarrillos, pastillas, alcohol y… chicas. En fin, el desierto no es lo que parece, incluso ahí el pobre Nick (como lo rebautiza Mosh) tendrá que luchar contra tentaciones y distracciones.

No hay en realidad mucha historia en Vapor, la anécdota es siempre mínima. Y más allá de que hay un claro orden cronológico dado por el tiempo que Nick pasa en el desierto, que los textos se encargan de contar las semanas, los capítulos casi podrían leerse y disfrutarse por separado. Casi pero no, porque, además de sacarle el jugo a una idea (Nick ve pasar a una chica; Nick se pelea con su sombra), en cada capítulo Max va sumando elementos y personajes que construyen el mundo del desierto y disparan alguna reflexión o reacción en el aprendiz de anacoreta. Todos los personajes que aparecen son frescos, sorprendentes y de una solidez sin fisuras; parece que hubieran vivido siglos en ese desierto o, mejor dicho, en la cabeza del autor.

El dibujo de Max en este libro, de trazo preciso y voluptuoso, viene de muy atrás, de los pioneros de dibujo animado y la tira diaria. Mosh, el gato, parece sacado de aquel primer corto de Mikey Mouse en el barquito. Y a juzgar por las formaciones de piedra de aspecto lunar que se ven en el horizonte, el desierto de Vapor podría ser el mismo por el que pululan los personajes de Krazy Kat, de Herriman. De hecho, cada vez que Nick empieza a ponerse banal (por ejemplo tarareando La Isla Bonita de Madonna) alguien que no aparece en plano le tira un ladrillazo para acomodarle las ideas. Da para sospechar que el ratón Ignatz no anda muy lejos.

Investigando un poco en Internet para escribir esto “descubrí” un blog en el que Max explica todo el proceso de creación de Vapor. Lo miré por arriba para no “contaminar” esta reseña y alcanzar mis propias conclusiones sobre la obra. Ahora me voy corriendo a leerlo. Si sos historietista o querés serlo, no te pierdas por nada del mundo la oportunidad de entrar en la cabeza de uno de los artistas más grandes que tenemos hoy en día, vivito, coleado y creando a un nivel estratosférico.

Buda volumen 1, de Osamu Tezuka

Hoy toca otra maravilla de don Osamu a quien cada día quiero más. Pero antes de comentar la obra en sí, voy a detenerme en la edición porque sirve para medir el vertiginoso avance del manga sobre occidente en las últimas dos décadas. Este primer tomo de Buda en edición de Planeta DeAgostini (publicado en 2002) representa el ANTES. Primero, se lee de izquierda a derecha. Segundo y más significativo, los editores (doy por descontado que gente muy competente) decidieron NO PONER en portada un dibujo de Osamu Tezuka; apuntaron al marketing de Buda, la figura religiosa, y escondieron al autor pensando, calculo, que su dibujo cartoony podía espantar a lectores generalistas, no iniciados en la historieta. Hoy, veinte años más tarde, en el DESPUÉS, ni el más borracho o estúpido de los editores publicaría a Tezuka con un dibujo de otro artista en la tapa. Hoy, al menos en el mundo de la edición de cómics, el Dios del Manga mata al resto de las deidades.

En una cita reproducida en el prólogo del tomo, Tezuka dice que esta “no es una adaptación ilustrada de las escrituras budistas” y que considera a esta obra “ciencia ficción religiosa”. Lo que hace el maestro, según el prologuista (el director del Instituto de estudios religiosos de Nazan Nagoya) es tomar los puntos más importantes de la vida de Siddhartha y construir sobre ellos una versión libre, llena de situaciones y personajes de creación propia. Personajes como Tatta, el niño paria ladrón, y Chapra, el esclavo rebelde y aparentemente invencible, que se afanan este primer tomo de 304 páginas. Buda nace en la página 264.

Al principio desconcierta un poco eso de que Buda sea apenas la promesa de un nacimiento, una subtrama que se mecha de vez en cuando y que dista de ser la más interesante del tomo. Pero la historia que se nos cuenta, la del cruce entre Chapra y su madre (que escapan de su amo), la de Tatta (no hago spoilers), el monje Naradatta (que anda buscando al iluminado) y el general Budai (que quiere invadir en el reino donde nacerá el niño divino) es tan intensa y atrapante que enseguida te empieza a dar lo mismo si Buda aparece o no. En unas pocas páginas, Tezuka logra que te importen los personajes que creó para la ocasión. Yo acabo de terminar el segundo tomo, todavía no sé qué peso tienen esos personajes en la historia global, pero hace rato que los amo.

No me esperaba para nada encontrarme con una historia tan llena de peleas, persecuciones, duelos, ataques, masacres. La narración es trepidante, no paran de pasar cosas tremendas. Este es un manga de acción, de lucha y aventura. Tiene momentos verdaderamente desgarradores que Tezuka, en uno de esos pases de magia que son su marca registrada, mezcla con chistes que a veces son autorreferenciales o rompen la cuarta pared. El maestro le escapa a la solemnidad como a la peste (lección anotada). “Tranqui, que esto es una historieta”, te dice. Y cuatro viñetas más tarde te vuelve a poner el nudo en la garganta.

El dibujo es glorioso, como siempre, y el mundo que propone no tiene fisuras, parece que Tezuka lo estuviera copiando y no inventándolo trazo a trazo. No hay dos personajes de esos que salen en el fondo de la viñetas y no vuelven a salir nunca más que se parezcan entre sí. Todo el mundo tiene su propia cara, y son caras bien peculiares. Al haber mucha pelea, destaca la plasticidad con que se mueven los guerreros entre un festival de líneas cinéticas que conducen la mirada con precisión. Don Osamu usa mucho las diagonales (a veces incluso para las paredes de las viñetas) para darle un dinamismo vertiginoso a la historia. Y de pronto, cuando se hace la calma y toca descansar el ojo, se luce un fondo (normalmente de naturaleza) enorme, detallado, precioso, que parece un grabado de Doré. Como si todo lo anterior fuera poco, sobre el final del tomo, Tezuka se autoimpone un desafío de esos hacen temblar a los dibujantes: mete en la historia una competencia de tiro con arco en la que dos rivales disparan flechas a blancos en movimiento. Y sí… adivinaste. El troesma sale airoso y nos deja una lección magistral de narrativa de obligada consulta.

¿A quién le puede extrañar que el manga haya conquistado occidente?

Los surcos del azar, de Paco Roca

Los surcos del azar es la obra consagratoria del valenciano Paco Roca, el último puñado de hojas en la corona de laureles que empezó a formarse alrededor de su testa con Arrugas y siguió creciendo con El invierno del dibujante. No imagino la presión que debe haber sentido Paco al preguntarse, después de El Invierno.. ¿Y ahora qué hago? Menos imagino la alegría que debe haber sentido al dar con la historia de la legendaria y casi secreta 9ª Compañía de la 2ª División blindada de la Francia Libre, formada en su inmensa mayoría por expatriados españoles, republicanos perdedores de la guerra civil que fueron, nada menos y nada más, que los primeros soldados aliados en entrar en la París tomada por los Nazis. Y por último, lo más difícil de imaginar es el ataque de euforia que debe haber tenido Roca al encontrar, en un pueblito francés, a un viejo gruñón llamado Miguel Ruiz, que resultó ser un miembro destacadísimo de 9ª Compañía al que se daba por desaparecido. Estamos hablando de un comando de esos que se infiltran tras la línea enemiga y se cargan a tres o cuatro nazis, a cuchillo, para robarse una pieza de artillería. Un pedazo de héroe de guerra que reíte de Charles Bronson en Los doce del Patíbulo.

La narración alterna dos tiempos, presente y pasado. En el presente, el autor, convertido en personaje de su propia historieta, llega al pueblo francés en el que vive el soldado legendario para entrevistarlo. En el pasado se cuenta el periplo de los miembros más famosos de La Nueve (nombre coloquial de la 9ª Compañía), desde su angustiosa huida de España hasta a la gloriosa entrada en París (no hay spoiler, las cartas están sobre la mesa desde el principio). Lo del presente son simplemente charlas que Paco Roca mantiene con el entrevistado, que comienza muy reticente y se va abriendo poco a poco, hasta llegar a disfrutar la experiencia. La parte del pasado cuenta una aventura increíble: los protagonistas pasan por campos de refugiados y de concentración, sobreviven a muchas decenas de combates, primero en África y luego ya en territorio europeo, siguiendo siempre la misma zanahoria: están convencidos de que si cae Hitler el siguiente en caer será Franco. No le falta nada a esta historia real, ni siquiera un romance que atraviesa la guerra de punta a punta.

Me pregunté, en algún momento, qué aportaba la parte del presente teniendo en cuenta que el material del pasado, por sí solo, daba para hacer una de Hollywood que arrasara en los Oscar. Después de pensarlo un rato me respondí que la historia no tendría el mismo impacto e incluso sería difícil de creer si no la viéramos salir de la boca de unos de sus protagonistas. No sé si Paco Roca grabó sus charlas con Miguel Ruiz, en todo caso, la reconstrucción de la voz del soldado es muy verosímil y es la que va introduciendo y comentando los episodios bélicos. El autor también pone su parte, por supuesto, sobre todo a la hora de subrayar y explicar la importancia de los hechos relatados en el contexto amplio de la contienda. Paco Roca no encontró de casualidad a Miguel Ruiz, llegó a Francia bien estudiado y apoyado por un historiador (especializado en La Nueve) que cierra el libro con un epílogo. Es decir, además de ser una de guerra adictiva, Los surcos del azar es un trabajo serio y comprometido como pocos.

En cuanto a dibujo y narrativa, Paco Roca es un autor medido, austero, clásico. Ni tira cuetes ni hace piruetas. Hace lo que hay que hacer para contar la historia de la manera más eficaz posible. En este caso, usa dos registros gráficos bien diferentes para separar pasado y presente. Para dibujar el pasado usa (diría, puedo equivocarme tranquilamente) un pincel que le da un trazo algo más suelto que el de sus trabajos anteriores (aunque para darte cuenta tenés que mirarlo muy de cerca porque Paco dibuja chiquito, mete una cantidad asombrosa de información en cada viñeta). El pasado tiene colores bélicos: marrones, verdes, caqui, algunos azules. El presente, dibujado con marcador, es casi un ejercicio de línea pura, con algunas manchas grises de aguada para dar sombras. La confusión es imposible. Hay, además, un enorme trabajo invisible de dibujo que los lectores normalmente no vemos o damos por sentado: la documentación. Para una obra de estas dimensiones históricas, el autor tuvo que hacer un máster en uniformes, vehículos, armas, lugares y hasta caras, porque la gente que dibuja existió. Y sí, está Internet, pero estoy seguro de que no alcanza.

Vuelvo, para terminar, a recalcar la seriedad y el compromiso de Paco Roca con su obra. Porque, teniendo ya en el bolsillo la historia de La Nueve, el hombre podría haberse dado por satisfecho contándola como estaba en los trabajos de los historiadores (que los hay). Pero no lo hizo, se fue a un país extranjero con la vaga promesa de encontrar a un combatiente desaparecido en acción en la Segunda Guerra Mundial, y, como recompensa a esa tenacidad, lo que encontró fue puro oro. Grande, Paco.

Fun Home, de Alison Bechdel

Fun Home, de Alison Bechdel, es una de las grandes cimas de la historieta autobiográfica y una indispensable de la historieta a secas. Es de esas obras que abre caminos, que rompe las puertas del gueto y se puede encontrar en bibliotecas de neófitos junto a novelas de Paul Auster o García Márquez. Para muestra, vale mencionar que, además de recibir un millón de premios, el New York Times la puso primera en su lista de los mejores libros del 2006, año en que se publicó. Se merece todos esos honores, a mi criterio, porque es un trabajo titánico. Y digo trabajo en el sentido del arduo laburo, tanto físico (más de 200 páginas de detallados dibujos) como psicológico al que su autora se enfrentó para construir unas memorias de su infancia y su juventud marcadas, sobre todo, por la figura de su padre, un personaje fascinante que murió trágicamente a los cuarenta y pocos, en lo que Alison asegura que fue un suicidio encubierto.

La familia de Alison vivía en un pueblo chico de Pensilvania (Estados Unidos). Su padre era el dueño de la funeraria local, y de ahí el título de la obra, que es un juego de palabras: Fun Home es Funeral Home y “casa divertida”, dicho esto último con toda la ironía del mundo. El padre también era profesor de secundaria y un obseso de la decoración y restauración que jamás paraba de trabajar en el enorme caserón familiar de estilo gótico renacentista. Aunque, sin duda, el rasgo del señor Bechdel que con mayor peso gravitó en su vida, la de su hija y el resto de la familia (esposa y dos hijos varones) fue su homosexualidad (o bisexualidad, Alison no está segura) vivida a la antigua, adentro del armario. Eso y algunos episodios de pedofilia. “Parecía un marido y padre ideal”, dice Alison, “Pero un marido y padre ideal, ¿mantendría relaciones sexuales con chicos adolescentes?”. Cosa seria y densa. ¿Se entiende ahora a qué iba cuando hablaba de arduo laburo psicológico?

Si el trabajo del artista es meter el dedo en la llaga, propia y ajena, Alison Bechdel es una SEÑORA ARTISTA. Fun Home es un obra que transpira verdad y evita en todo momento caer en la sensiblería, la autocompasión y el morbo. La autora se analiza a sí misma, a su padre y a la familia desde una distancia casi científica, pero que al mismo tiempo no se siente fría (lo cual es muy llamativo, porque la frialdad es un rasgo de identidad que Alison le atribuye a sus progenitores y a su hogar en general). Ayudada por un diario que empezó a los diez años, Bechdel establece algunos mojones de su vida entre los que destacan la muerte de su padre y el descubrimiento de su propia homosexualidad. La narración va y viene, visitando y revisitando esos mojones, agregando capas, mirándolos desde diferentes puntos de vista. Es tan orgánica y absorbente la forma en que la historia se desarrolla que parece concebida de un tirón, en una noche, pero sé por entrevistas que Bechdel tardó siete largos años en construirla.

La narración está a cargo del texto. Es la voz (escrita) de Alison la que te lleva de la nariz. Tanto es así que Fun Home podría convertirse en prosa sin mayores problemas. Pero eso no quiere decir que la otra parte, la del dibujo, sea prescindible. El dibujo aporta, sobre todo, el ambiente que es vital en la experiencia inmersiva que la obra ofrece: los interiores hiperdecorados del caserón familiar, los fondos llenos de detalles que describen la forma en que la familia vivía, el pueblo, los pequeños gestos de los personajes. Bechdel no es una virtuosa del lápiz, pero es una esforzada trabajadora con un ojo clínico para lo significativo. Dibuja miradas cargadas de sentido como poca gente sabe hacerlo. La suma de todo lo dicho da como resultado una historieta abigarrada, densa en forma y contenido, que exige mucha atención pero te da a cambio una inyección de humanidad sin rebajar que, al menos a mí, me dejó extasiado.

Contrato con Dios, de Will Eisner

Contrato con Dios, publicada por el legendario Will Eisner en 1978, ostenta el título de ser la primera novela gráfica. Es algo muy pero muy discutido incluso en el interior de la propia industria del cómic norteamericano que la vio nacer. La verdad es que hay antecedentes a patadas, por todos los rincones del globo. Por ejemplo, el Eternauta de Oesterheld y Solano la precede largamente, y solo el hecho de haber sido publicada en episodios la deja, aparentemente, fuera de competencia (menos para la Wikipedia, ojo, que la da ganadora). Además, si lo anterior no fuera suficiente como para generar dudas, Contrato con Dios, el libro, está formado por tres historias, es decir que, en el mejor de los casos, sería un libro de cuentos gráficos. Will Eisner tiene fama de haber sido un gran vendedor, pero no de humo, por suerte, porque también era un gran maestro, que hizo escuela y dejó un legado inmenso.

Esta edición de Norma Editorial compila en realidad tres trabajos de Eisner, la trilogía de la Avenida Dropsie: Contrato con Dios (compuesto a su vez por tres historietas, como ya apunté), Ansia de vivir (1988) y La avenida Dropsie (1995). Todas las historias están situadas en el mismo barrio, que según el maestro explica en la introducción del volumen, viene a ser un trasunto del Bronx donde vivió de chico. Se nota mucho que hay vida detrás de estas historias, que son en su mayoría corales y están llenas de personajes entrañables, reconocibles, robustos, redondos, reales. Es dura la vida en la Avenida Dropsie, y esta gente apechuga con todo.

La historieta que menos me gustó fue justamente la que le da título al libro, Contrato con Dios. Eisner dice en la introducción que buscaba crear “una obra importante” y esa intención se deja ver en las páginas. Hay un solemnidad y una teatralidad que me resultó impostada, y hay también una voluntad de esconder que estamos leyendo una historieta. La narración avanza en páginas de una o dos viñetas apuntaladas por textos bastantes largos. Por no mencionar el tema elegido, claro, EL TEMA. Por suerte, todas estas cosas que me atrevo a criticarle al maestro descaradamente, comienzan a diluirse a partir de la siguiente historia, El Cantante callejero. En esas páginas, Eisner empieza a encontrar el tono, se suelta, se deja llevar. La Avenida Dropsie empieza a estar viva y lo que viene después son casi cuatrocientas páginas de gozo. Y una master class de historieta.

¿Qué pasa en la Avenida Dropsie? De todo. A través de las historias del barrio, de la gente, Eisner cuenta la historia de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX: el crack de 29, la pobreza, las guerras, los jipis, la segregación racial, los narcos, las constantes oleadas de inmigración que se van superponiendo e imprimiéndole al barrio su carácter. Todo, siempre visto desde la subjetividad de unos personajes primorosamente construidos. Eisner ama a esos personajes, a su gente, y logra transmitir el sentimiento. Al final de la lectura, vos también amás a los habitantes de la Avenida Dropsie y tenés la sensación de haber vivido con ellos mil penurias y alguna alegría.

Es imposible decir algo del dibujo y la técnica narrativa de Eisner que no se haya dicho. Él mismo desmenuzó todos sus secretos en dos libros sobre el oficio que son bibliografía obligada para cualquiera que quiera dedicarse a la historieta. Así que voy a terminar con una anécdota personal. Corría 1998. Un servidor y su amigo Feliciano García Zecchín (dibujante en construcción) pululaban por los pasillos de la San Diego Comic Con. De pronto, entre la gente, divisaron a un viejito pelado con anteojos. ¿Es él? ¿Puede ser él? Sí, sí, sí… ¡Es Will Eisner! Feliciano no dudó, abordó al maestro y le preguntó si podía mostrarle sus dibujos. Feli estaba buscando trabajo y llevaba bajo el brazo una carpeta con muestras para editores de superhéroes, aunque en realidad a él no le gustaba tanto ese género; ya estaba trabajando en una historieta llamada Taca Tac (IVREA/Casterman), protagonizada por un hombre que busca a su hija secuestrada por la dictadura. El maestro Eisner accedió al pedido amablemente. Miró las muestras de superhéroes mientras charlaba con Feli, y cuando se enteró que era argentino, le dijo: “Vos tenés que contar la historia de los desaparecidos”.

Pinocchio, de Winshluss

No descubro la pólvora si digo que este libro es una maravilla, lleva años cosechando justificadas loas. Empiezo por el objeto en sí (en este caso en edición de La Cúpula), que es una joya de esas que inyectan placer sensorial directo en vena. Arranqué a gozar con el diseño de la tapa, que además de ser precioso tiene un quinto color, plateado, usado con sutileza e intención. Seguí gozando con las guardas dibujadas y después las yemas de mis dedos tuvieron doscientos orgasmos, uno detrás de otro, a medida que iba pasando las planchas de papel de gramaje generoso y textura rugosa, de altísima calidad, que le dan cuerpo al volumen. Volumen que, a pesar de ser un ladrillo de considerable tamaño, no pesa lo que uno se espera al verlo y se lee con facilidad en la cama. Un milagro de la edición que me obliga a postrarme, como creyente de EL LIBRO que soy, ante una clara manifestación de la divinidad.

Pero todo lo anterior no valdría nada, sería incluso obsceno (como muchas veces sucede en este tiempo de ediciones de lujo) si no fuera por la gran historieta que el objeto contiene. No leí el texto de Carlo Collodi, así que no sé exactamente qué relación tiene este Pinnochio de Winshluss con el original. Reconocí, eso sí, algunos pasajes de esos que están grabados a fuego en la cultura popular, como por ejemplo el de Geppetto y la ballena. En general, la adaptación tiene pinta de ser muy libre… además de brutal, bizarra y moderna. Sobre la estructura de la historia que más o menos conocemos, Winshluss mezcla materiales y registros: cuentos de hadas, policial negro, crítica social a la Dickens, humor con sabor underground… No le hace asco a nada y todo le queda bien, encaja perfecto en el mecanismo de engranajes que mueve a Pinnochio.

Geppetto inventa un robot de guerra que pretende venderle al ejército. Pero algo sale mal. Pepito Cucaracha (trasunto del Pepito Grillo que conocemos por Disney), después de ser despedido de su trabajo y echado de casa por su pareja, termina viviendo dentro de la cabeza de Pinnochio donde hace quilombo. Cruza cables. Chispas. Humo. Todo mal. Esto provoca un hecho desgraciado y empieza la peripecia del robot, que se pierde en el mundo. Winshluss usa a Pinnochio casi como una excusa para cruzarlo con personajes que traen a cuesta sus propias historias: un asesino, dos vagabundos, un ojo mecánico, una versión depravada de los enanitos de Blanca Nieves, un niño de la calle, un payaso devenido dictador fascista. Todas las historias se mezclan, se cruzan o se tocan, para formar la historia grande del niño de madera, que en esta versión es de metal.

Winshluss mezcla registros gráficos con la misma soltura que mezcla géneros en la historia. En el registro base, digamos, el que cuenta lo que le pasa a Pinocchio, trabaja con tinta negra y color (imagino que digital pero no pondría las manos en el fuego). De vez en cuando intercala grandes ilustraciones hechas solo a color, sin tinta, en una técnica que parece ser acuarela. En las páginas de Pepito Cucaracha, parece usar un marcador fino, sin lápiz previo, a mano alzada. En otro registro, que usa para dos partes especiales, muy sensibles de la historia, hace todo con un lápiz de color marrón, virado al violeta. Y ahí no se agotan las piruetas, hay más. Todo un derroche de recursos bien aplicados sobre la base de un dibujo… GLORIOSO.

Casi no hay textos en esta historieta lo que hace que se lea con bastante velocidad. Las partes protagonizadas por Pinnocchio y Geppetto (que tiene su peripecia en paralelo) son narradas por el dibujo casi en exclusiva. Los diálogos, muy afilados, de un humor corrosivo, se concentran en las planchas de Pepito Cucaracha. También encontré unos cuantos hallazgos narrativos, dignos de ser robados para uso propio. Hay una splash page recurrente, por ejemplo, en la que Pinocchio cuelga de una soga mientras el paso del tiempo está dado por la construcción de una gran estatua que se ve en el fondo. Y hay una secuencia hermosa en la que el payaso dictador convierte a un ejército de niños en lobos cantándoles una canción.

Lo dicho, no descubro la pólvora si digo que este libro es una maravilla, una obra maestra.

El último Zap Comix

Gran curiosidad sentí al encontrar este volumen en la biblioteca. Nunca había leído una Zap Comix pero conocía la teoría: la revista fue una cabecera fundacional y fundamental del underground estadounidense, creada a finales de los sesenta por Robert Crumb; un bombazo contracultural que detonó la cabeza de una generación de jovenzuelos (y de algunas jovenzuelas también, calculo, a pesar del olor a testículo sudado que el mundo cómic tenía en esa época). Imaginate, venías de leer Capitán América y de golpe te caía en las manos un artefacto creado por un supergrupo de jipis-pscicodélicos-iconoclastas-nihilistas llenito de sexo, drogas y rocanrol.

Este último número de Zap Comix, el 16, se publicó por primera vez en 2014, según leo en la red, dentro de una caja que recopila los diecisiete números de la revista (hay un número cero). Adentro tiene colaboraciones de los siete miembros originarios (Crumb, Shelton, Rodriguez, Moscoso, Williams, Wilson y el fallecido Mavrides), de Griffin (el “suplente” de Mavrides que entró 1991) y de Aline Komisnky, la pareja de Crumb, pionera también ella del cómic under con una larga trayectoria que desconozco por completo. Al material en sí, según un criterio absolutamente personal, voy a separarlo en dos grandes grupos: el que tiene intenciones narrativas o humorísticas y el que vaya a saber uno qué intenciones tiene.

En el primer grupo están los trabajos de Crumb-Kominsky, Shelton y Spain Rodriguez. Empecemos por la pareja estrella. Crumb y Kominsky firman varias planchas de una serie confesional que hacen a cuatro manos, dibujándose y escribiéndose cada cual a sí mismo. Son básicamente diálogos en los que discuten sin pelos en la legua temas como la infidelidad, sus preferencias sexuales, el botox, la vejez y la muerte. Los diálogos tienen gracia pero como historieta la propuesta me dejó un poco frío. Sin el dibujo, con los parlamentos presentados en prosa como un en una novela, poco cambiaría la experiencia de lectura. Crumb, por cierto, también firma algunas historietas en solitario, entre las que destacan dos páginas a color sobre un primera cita que sale bastante mal.

Spain Rodriguez, otro héroe del under (poco conocido en comparación con Crumb y Shelton), aporta dos historietas, una de diez y otra de dos páginas. La primera cuenta una confrontación entre bandas de motociclistas; es una narración lineal, clásica, bien llevada. Correcta. La segunda es una reflexión sobre la evolución de su barrio, que Spain hace mientras camina por calles que ha visto cambiar con el tiempo. No había leído nada de este autor previamente y me dejó un buen sabor de boca, más allá de que su estilo de dibujo no acaba de entrarme del todo.

Lo que aporta Gilbert Shelton fue lo que más me gustó del volumen. No hay sorpresas. Son dos historietas de personajes con los que viene trabajando hace tiempo: Wonder Wart-Hog (Superserdo, en la traducción) y los famosísimos Freak Brothers. Ambas manejan un registro de humor irreverente, algo salvaje, y son muy divertidas. Como curiosidad, la historieta de Wonder Wart-Hog está a color, siendo Shelton un autor que en general uno se encuentra en blanco y negro.

Para poder decir algo sobre los trabajos del resto del equipo (Moscoso, Williams, Wilson, Mavrides y Griffin), que a veces son historietas y otras veces solo ilustraciones, siento que me falta algo y sospecho que es la perspectiva generacional. No tengo el lente adecuado para mirarlos y simplemente no los entendí. Me parecieron herméticos. Y hablando de hermetismos, el volumen incluye también un par de jams o cadáveres exquisitos, historietas en las que participan todos los autores y que son prácticamente ilegibles. En fin… que para saber por qué Zap Comix es Zap Comix me parece que va a ser mejor empezar por el número uno.