Fun Home, de Alison Bechdel

Fun Home, de Alison Bechdel, es una de las grandes cimas de la historieta autobiográfica y una indispensable de la historieta a secas. Es de esas obras que abre caminos, que rompe las puertas del gueto y se puede encontrar en bibliotecas de neófitos junto a novelas de Paul Auster o García Márquez. Para muestra, vale mencionar que, además de recibir un millón de premios, el New York Times la puso primera en su lista de los mejores libros del 2006, año en que se publicó. Se merece todos esos honores, a mi criterio, porque es un trabajo titánico. Y digo trabajo en el sentido del arduo laburo, tanto físico (más de 200 páginas de detallados dibujos) como psicológico al que su autora se enfrentó para construir unas memorias de su infancia y su juventud marcadas, sobre todo, por la figura de su padre, un personaje fascinante que murió trágicamente a los cuarenta y pocos, en lo que Alison asegura que fue un suicidio encubierto.

La familia de Alison vivía en un pueblo chico de Pensilvania (Estados Unidos). Su padre era el dueño de la funeraria local, y de ahí el título de la obra, que es un juego de palabras: Fun Home es Funeral Home y “casa divertida”, dicho esto último con toda la ironía del mundo. El padre también era profesor de secundaria y un obseso de la decoración y restauración que jamás paraba de trabajar en el enorme caserón familiar de estilo gótico renacentista. Aunque, sin duda, el rasgo del señor Bechdel que con mayor peso gravitó en su vida, la de su hija y el resto de la familia (esposa y dos hijos varones) fue su homosexualidad (o bisexualidad, Alison no está segura) vivida a la antigua, adentro del armario. Eso y algunos episodios de pedofilia. “Parecía un marido y padre ideal”, dice Alison, “Pero un marido y padre ideal, ¿mantendría relaciones sexuales con chicos adolescentes?”. Cosa seria y densa. ¿Se entiende ahora a qué iba cuando hablaba de arduo laburo psicológico?

Si el trabajo del artista es meter el dedo en la llaga, propia y ajena, Alison Bechdel es una SEÑORA ARTISTA. Fun Home es un obra que transpira verdad y evita en todo momento caer en la sensiblería, la autocompasión y el morbo. La autora se analiza a sí misma, a su padre y a la familia desde una distancia casi científica, pero que al mismo tiempo no se siente fría (lo cual es muy llamativo, porque la frialdad es un rasgo de identidad que Alison le atribuye a sus progenitores y a su hogar en general). Ayudada por un diario que empezó a los diez años, Bechdel establece algunos mojones de su vida entre los que destacan la muerte de su padre y el descubrimiento de su propia homosexualidad. La narración va y viene, visitando y revisitando esos mojones, agregando capas, mirándolos desde diferentes puntos de vista. Es tan orgánica y absorbente la forma en que la historia se desarrolla que parece concebida de un tirón, en una noche, pero sé por entrevistas que Bechdel tardó siete largos años en construirla.

La narración está a cargo del texto. Es la voz (escrita) de Alison la que te lleva de la nariz. Tanto es así que Fun Home podría convertirse en prosa sin mayores problemas. Pero eso no quiere decir que la otra parte, la del dibujo, sea prescindible. El dibujo aporta, sobre todo, el ambiente que es vital en la experiencia inmersiva que la obra ofrece: los interiores hiperdecorados del caserón familiar, los fondos llenos de detalles que describen la forma en que la familia vivía, el pueblo, los pequeños gestos de los personajes. Bechdel no es una virtuosa del lápiz, pero es una esforzada trabajadora con un ojo clínico para lo significativo. Dibuja miradas cargadas de sentido como poca gente sabe hacerlo. La suma de todo lo dicho da como resultado una historieta abigarrada, densa en forma y contenido, que exige mucha atención pero te da a cambio una inyección de humanidad sin rebajar que, al menos a mí, me dejó extasiado.

Contrato con Dios, de Will Eisner

Contrato con Dios, publicada por el legendario Will Eisner en 1978, ostenta el título de ser la primera novela gráfica. Es algo muy pero muy discutido incluso en el interior de la propia industria del cómic norteamericano que la vio nacer. La verdad es que hay antecedentes a patadas, por todos los rincones del globo. Por ejemplo, el Eternauta de Oesterheld y Solano la precede largamente, y solo el hecho de haber sido publicada en episodios la deja, aparentemente, fuera de competencia (menos para la Wikipedia, ojo, que la da ganadora). Además, si lo anterior no fuera suficiente como para generar dudas, Contrato con Dios, el libro, está formado por tres historias, es decir que, en el mejor de los casos, sería un libro de cuentos gráficos. Will Eisner tiene fama de haber sido un gran vendedor, pero no de humo, por suerte, porque también era un gran maestro, que hizo escuela y dejó un legado inmenso.

Esta edición de Norma Editorial compila en realidad tres trabajos de Eisner, la trilogía de la Avenida Dropsie: Contrato con Dios (compuesto a su vez por tres historietas, como ya apunté), Ansia de vivir (1988) y La avenida Dropsie (1995). Todas las historias están situadas en el mismo barrio, que según el maestro explica en la introducción del volumen, viene a ser un trasunto del Bronx donde vivió de chico. Se nota mucho que hay vida detrás de estas historias, que son en su mayoría corales y están llenas de personajes entrañables, reconocibles, robustos, redondos, reales. Es dura la vida en la Avenida Dropsie, y esta gente apechuga con todo.

La historieta que menos me gustó fue justamente la que le da título al libro, Contrato con Dios. Eisner dice en la introducción que buscaba crear “una obra importante” y esa intención se deja ver en las páginas. Hay un solemnidad y una teatralidad que me resultó impostada, y hay también una voluntad de esconder que estamos leyendo una historieta. La narración avanza en páginas de una o dos viñetas apuntaladas por textos bastantes largos. Por no mencionar el tema elegido, claro, EL TEMA. Por suerte, todas estas cosas que me atrevo a criticarle al maestro descaradamente, comienzan a diluirse a partir de la siguiente historia, El Cantante callejero. En esas páginas, Eisner empieza a encontrar el tono, se suelta, se deja llevar. La Avenida Dropsie empieza a estar viva y lo que viene después son casi cuatrocientas páginas de gozo. Y una master class de historieta.

¿Qué pasa en la Avenida Dropsie? De todo. A través de las historias del barrio, de la gente, Eisner cuenta la historia de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX: el crack de 29, la pobreza, las guerras, los jipis, la segregación racial, los narcos, las constantes oleadas de inmigración que se van superponiendo e imprimiéndole al barrio su carácter. Todo, siempre visto desde la subjetividad de unos personajes primorosamente construidos. Eisner ama a esos personajes, a su gente, y logra transmitir el sentimiento. Al final de la lectura, vos también amás a los habitantes de la Avenida Dropsie y tenés la sensación de haber vivido con ellos mil penurias y alguna alegría.

Es imposible decir algo del dibujo y la técnica narrativa de Eisner que no se haya dicho. Él mismo desmenuzó todos sus secretos en dos libros sobre el oficio que son bibliografía obligada para cualquiera que quiera dedicarse a la historieta. Así que voy a terminar con una anécdota personal. Corría 1998. Un servidor y su amigo Feliciano García Zecchín (dibujante en construcción) pululaban por los pasillos de la San Diego Comic Con. De pronto, entre la gente, divisaron a un viejito pelado con anteojos. ¿Es él? ¿Puede ser él? Sí, sí, sí… ¡Es Will Eisner! Feliciano no dudó, abordó al maestro y le preguntó si podía mostrarle sus dibujos. Feli estaba buscando trabajo y llevaba bajo el brazo una carpeta con muestras para editores de superhéroes, aunque en realidad a él no le gustaba tanto ese género; ya estaba trabajando en una historieta llamada Taca Tac (IVREA/Casterman), protagonizada por un hombre que busca a su hija secuestrada por la dictadura. El maestro Eisner accedió al pedido amablemente. Miró las muestras de superhéroes mientras charlaba con Feli, y cuando se enteró que era argentino, le dijo: “Vos tenés que contar la historia de los desaparecidos”.

Pinocchio, de Winshluss

No descubro la pólvora si digo que este libro es una maravilla, lleva años cosechando justificadas loas. Empiezo por el objeto en sí (en este caso en edición de La Cúpula), que es una joya de esas que inyectan placer sensorial directo en vena. Arranqué a gozar con el diseño de la tapa, que además de ser precioso tiene un quinto color, plateado, usado con sutileza e intención. Seguí gozando con las guardas dibujadas y después las yemas de mis dedos tuvieron doscientos orgasmos, uno detrás de otro, a medida que iba pasando las planchas de papel de gramaje generoso y textura rugosa, de altísima calidad, que le dan cuerpo al volumen. Volumen que, a pesar de ser un ladrillo de considerable tamaño, no pesa lo que uno se espera al verlo y se lee con facilidad en la cama. Un milagro de la edición que me obliga a postrarme, como creyente de EL LIBRO que soy, ante una clara manifestación de la divinidad.

Pero todo lo anterior no valdría nada, sería incluso obsceno (como muchas veces sucede en este tiempo de ediciones de lujo) si no fuera por la gran historieta que el objeto contiene. No leí el texto de Carlo Collodi, así que no sé exactamente qué relación tiene este Pinnochio de Winshluss con el original. Reconocí, eso sí, algunos pasajes de esos que están grabados a fuego en la cultura popular, como por ejemplo el de Geppetto y la ballena. En general, la adaptación tiene pinta de ser muy libre… además de brutal, bizarra y moderna. Sobre la estructura de la historia que más o menos conocemos, Winshluss mezcla materiales y registros: cuentos de hadas, policial negro, crítica social a la Dickens, humor con sabor underground… No le hace asco a nada y todo le queda bien, encaja perfecto en el mecanismo de engranajes que mueve a Pinnochio.

Geppetto inventa un robot de guerra que pretende venderle al ejército. Pero algo sale mal. Pepito Cucaracha (trasunto del Pepito Grillo que conocemos por Disney), después de ser despedido de su trabajo y echado de casa por su pareja, termina viviendo dentro de la cabeza de Pinnochio donde hace quilombo. Cruza cables. Chispas. Humo. Todo mal. Esto provoca un hecho desgraciado y empieza la peripecia del robot, que se pierde en el mundo. Winshluss usa a Pinnochio casi como una excusa para cruzarlo con personajes que traen a cuesta sus propias historias: un asesino, dos vagabundos, un ojo mecánico, una versión depravada de los enanitos de Blanca Nieves, un niño de la calle, un payaso devenido dictador fascista. Todas las historias se mezclan, se cruzan o se tocan, para formar la historia grande del niño de madera, que en esta versión es de metal.

Winshluss mezcla registros gráficos con la misma soltura que mezcla géneros en la historia. En el registro base, digamos, el que cuenta lo que le pasa a Pinocchio, trabaja con tinta negra y color (imagino que digital pero no pondría las manos en el fuego). De vez en cuando intercala grandes ilustraciones hechas solo a color, sin tinta, en una técnica que parece ser acuarela. En las páginas de Pepito Cucaracha, parece usar un marcador fino, sin lápiz previo, a mano alzada. En otro registro, que usa para dos partes especiales, muy sensibles de la historia, hace todo con un lápiz de color marrón, virado al violeta. Y ahí no se agotan las piruetas, hay más. Todo un derroche de recursos bien aplicados sobre la base de un dibujo… GLORIOSO.

Casi no hay textos en esta historieta lo que hace que se lea con bastante velocidad. Las partes protagonizadas por Pinnocchio y Geppetto (que tiene su peripecia en paralelo) son narradas por el dibujo casi en exclusiva. Los diálogos, muy afilados, de un humor corrosivo, se concentran en las planchas de Pepito Cucaracha. También encontré unos cuantos hallazgos narrativos, dignos de ser robados para uso propio. Hay una splash page recurrente, por ejemplo, en la que Pinocchio cuelga de una soga mientras el paso del tiempo está dado por la construcción de una gran estatua que se ve en el fondo. Y hay una secuencia hermosa en la que el payaso dictador convierte a un ejército de niños en lobos cantándoles una canción.

Lo dicho, no descubro la pólvora si digo que este libro es una maravilla, una obra maestra.

El último Zap Comix

Gran curiosidad sentí al encontrar este volumen en la biblioteca. Nunca había leído una Zap Comix pero conocía la teoría: la revista fue una cabecera fundacional y fundamental del underground estadounidense, creada a finales de los sesenta por Robert Crumb; un bombazo contracultural que detonó la cabeza de una generación de jovenzuelos (y de algunas jovenzuelas también, calculo, a pesar del olor a testículo sudado que el mundo cómic tenía en esa época). Imaginate, venías de leer Capitán América y de golpe te caía en las manos un artefacto creado por un supergrupo de jipis-pscicodélicos-iconoclastas-nihilistas llenito de sexo, drogas y rocanrol.

Este último número de Zap Comix, el 16, se publicó por primera vez en 2014, según leo en la red, dentro de una caja que recopila los diecisiete números de la revista (hay un número cero). Adentro tiene colaboraciones de los siete miembros originarios (Crumb, Shelton, Rodriguez, Moscoso, Williams, Wilson y el fallecido Mavrides), de Griffin (el “suplente” de Mavrides que entró 1991) y de Aline Komisnky, la pareja de Crumb, pionera también ella del cómic under con una larga trayectoria que desconozco por completo. Al material en sí, según un criterio absolutamente personal, voy a separarlo en dos grandes grupos: el que tiene intenciones narrativas o humorísticas y el que vaya a saber uno qué intenciones tiene.

En el primer grupo están los trabajos de Crumb-Kominsky, Shelton y Spain Rodriguez. Empecemos por la pareja estrella. Crumb y Kominsky firman varias planchas de una serie confesional que hacen a cuatro manos, dibujándose y escribiéndose cada cual a sí mismo. Son básicamente diálogos en los que discuten sin pelos en la legua temas como la infidelidad, sus preferencias sexuales, el botox, la vejez y la muerte. Los diálogos tienen gracia pero como historieta la propuesta me dejó un poco frío. Sin el dibujo, con los parlamentos presentados en prosa como un en una novela, poco cambiaría la experiencia de lectura. Crumb, por cierto, también firma algunas historietas en solitario, entre las que destacan dos páginas a color sobre un primera cita que sale bastante mal.

Spain Rodriguez, otro héroe del under (poco conocido en comparación con Crumb y Shelton), aporta dos historietas, una de diez y otra de dos páginas. La primera cuenta una confrontación entre bandas de motociclistas; es una narración lineal, clásica, bien llevada. Correcta. La segunda es una reflexión sobre la evolución de su barrio, que Spain hace mientras camina por calles que ha visto cambiar con el tiempo. No había leído nada de este autor previamente y me dejó un buen sabor de boca, más allá de que su estilo de dibujo no acaba de entrarme del todo.

Lo que aporta Gilbert Shelton fue lo que más me gustó del volumen. No hay sorpresas. Son dos historietas de personajes con los que viene trabajando hace tiempo: Wonder Wart-Hog (Superserdo, en la traducción) y los famosísimos Freak Brothers. Ambas manejan un registro de humor irreverente, algo salvaje, y son muy divertidas. Como curiosidad, la historieta de Wonder Wart-Hog está a color, siendo Shelton un autor que en general uno se encuentra en blanco y negro.

Para poder decir algo sobre los trabajos del resto del equipo (Moscoso, Williams, Wilson, Mavrides y Griffin), que a veces son historietas y otras veces solo ilustraciones, siento que me falta algo y sospecho que es la perspectiva generacional. No tengo el lente adecuado para mirarlos y simplemente no los entendí. Me parecieron herméticos. Y hablando de hermetismos, el volumen incluye también un par de jams o cadáveres exquisitos, historietas en las que participan todos los autores y que son prácticamente ilegibles. En fin… que para saber por qué Zap Comix es Zap Comix me parece que va a ser mejor empezar por el número uno.

El niño gusano, de Hideshi hino

Es muy elocuente el título de este trabajo del consagrado maestro del manga de terror Hideshi Hino. Esta es la historia de un niño que se convierte en un gusano. Literalmente. Dicho esto, la comparación con La Metamorfosis de Kafka es insoslayable así que vamos a hacerla. Si para describir un trámite complicado y absurdo decimos que es “kafkiano”, ¿cómo sería un trámite “hiniano”? Sería, por ejemplo, un trámite en el que el funcionario de turno, después de exigirte ESE papel que te falta, se convierte en un monstruo que te devora la cabeza, pero no morís, noooooo, tenés que pasar a la siguiente ventanilla, perdiendo fluidos y retorciéndote de dolor, para que te pongan un sello y te coman alguna otra parte del cuerpo. Es decir, Kafka es el payaso Plim Plim al lado de Hino.

La historia es muy simple. Sampei, el protagonista, es un niño de escuela primaria que ama a los animales y a los insectos. De hecho, solo es feliz entre los bichos porque los humanos, incluida su familia, lo tratan como si fuera una bolsa de basura. Un día Sampei es picado por un insecto de los que ama y, tras una dolorosa metamorfosis, se convierte en un gusano rojo y espantoso. Así, el niño descubre que antes no estaba tan mal. Ahora sí que es un marginado total, ahora no lo quieren ni los gatos callejeros que alimentaba. Y entonces empieza su peripecia, su descenso (literal otra vez) a las cloacas, en el que Hideshi Hino no ahorra en aberraciones. Al pobre Sampei le pasa de todo, pero es la humanidad la que sale peor parada de este horrible entuerto.

El dibujo de Hino es asombrosamente personal. En su estilo pueden convivir la aterradora imagen de un niño derritiéndose con la de unos cangrejitos sonrientes que parecen sacados de La Sirenita de Disney. De alguna manera milagrosa, el maestro logra que decodifiquemos ambas cosas como pertenecientes al mismo mundo, su mundo, sin ruidos en la transmisión. Lo hace con una línea clarísima y muchas texturas, rayitas y más rayitas (crosshatching dicen los dibujantes), que aportan volumen y profundidad. La narrativa es tan clara como la línea; la grilla es contenida, cerrada, prolija, y ni una sola vez en todo el recorrido te preguntás que viñeta deberías leer a continuación. Esto último parece lo mínimo que se le puede pedir a un autor, pero no siempre sucede. Si no me creés, tratá de leer el número 62 de Naruto sin haber leído los anteriores y teniendo 46 años.

Para terminar, solo decir que El niño gusano es un tomo único, una historia que empieza y termina, una novela gráfica, si querés, que se puede leer y disfrutar (como hice yo) sin conocimientos previos. Hace falta un poco de estómago, como ya habrás deducido de todo lo escrito más arriba, pero vale la pena hacer la experiencia. Es una lectura refrescante en estos tiempos tan pacatos, salida de las tripas de un autor con una voz única, orgánica, ajena a cualquier cálculo, fórmula o manual. Nótese como ejemplo de lo anterior (y con esto te podría haber ahorrado toda la cháchara) que en la tapa hay un insecto espantoso comiéndose el cadáver reseco de un bebé.

El libro de los insectos humanos

Qué raro escribe Tezuka. Raro. Raro. Raaaaro. Cada vez que lo leo, aunque sea en un trabajo mainstream para niños como Astroboy) me pregunto si ese efecto de extrañamiento que me produce se debe a mi mirada occidental o proviene directamente del interior de don Osamu. Es decir, me pregunto: ¿Tezuka era un raro del carajo o solo era Japonés? Tengo que decir que he leído a unos cuantos japoneses y si bien siempre siento un poco de efecto “lost in translation” los demás nunca llegan al nivel del Manga no Kamisama.

¿A qué me refiero con que escribe raro? A las historias en sí mismas. A las motivaciones de sus personajes. A las cosas que les pasan. A cómo reaccionan esos personajes ante las cosas que les pasan. A los detalles. A la manera en que Tezuka retuerce la verosimilitud estándar, sin romperla pero llevándola al límite, para darle a la historia la forma que a él le interesa. Leyendo la obra que hoy me ocupa pensé muchísimas veces: ¿Qué? ¿De verdad pasa esto ahora? ¿Por qué? ¿A qué viene? ¿Qué significa? Lo importante, el quid de la cuestión, la magia… es que no pude parar de leer.

El libro de los insectos humanos es una obra serializada entre 1970 y 1971 que, según los expertos, pertenece a la época oscura de Tezuka. Se nota esa oscuridad, lo tiñe todo. La protagonista, Toshiko Tomura, es una mujer joven, hermosa y sin escrúpulos que se dedica a canibalizar a sus parejas, a copiar sus talentos y robarles su trabajo. Así, Toshiko logra triunfar en el teatro, el diseño gráfico, la literatura y también en el arte de matar, dejando atrás un tendal de gente que, a pesar de haber sido humillada, robada y maltratada, no puede dejar de amarla.

¿Es thriller esto? Qué se yo. Sin duda, la lectura es pregnante, atrapa, pero no hay cuestión que resolver. Lo que no te deja soltar el tomo es el personaje de Toshiko y el efecto que produce en los demás: odio y amor a partes iguales. Más que un thriller, diría que es un culebrón psicológico, oscuro, deeeenso y, otra vez… RARO. Voy a dar un ejemplo de rareza bien puntual: de vez en cuando, Toshiko, como para recargarse las pilas, se retira a una casa que tiene alquilada en su pueblo natal, donde se prende al pecho de un muñeco de cera de su madre.

En lo gráfico, el maestro está es su plenitud; claro, preciso, yendo de los personajes caricaturezcos a los fondos hiperrealistas sin esfuerzo, manteniendo una narrativa prístina y metiendo de vez en cuando una composición de página digna de ser estudiada en la Academia. Llama mucho la atención la forma en que estiliza el cuerpo de la protagonista en las escenas sexuales (hay una cuantas), quizás para señalar, se me ocurre ahora, la capacidad de Toshiko de transformarse, moldearse a sí misma.

Para terminar, es importante, diría, señalar la mirada sobre la mujer que hay en esta obra. La pérfida protagonista de sangre fría que podría tomarse por un arranque de misoginia engaña. “Es lo que tiene que hacer un chica sola para sobrevivir en este mundo”, o algo así, dice varias veces Toshiko, que durante la historia, además de triunfar en todos los campos que elige, tiene romances con hombres y mujeres por igual, se masturba y aborta en contra de la voluntad de un poderoso marido. Cuando nosotros fuimos, Osamu fue y volvió varias veces… en 1971.

Ashen Victor, de Yukito Kishiro

No juzgues a este manga por la tapa. No hagas como hice yo, que tardé un año en atreverme a sacarlo de la batea de la biblioteca y enterarme de que es una obra de Yukito Kishiro, nada más y nada menos que el autor de Battle Angel Alita, esa maravilla, uno de los mangas que más impacto e influencia ha tenido en occidente. De hecho, Ashen Victor es una especie de spin-off de la obra magna de Kishiro. Cuenta la historia de un jugador de motorball, el mismo deporte ultraviolento en el que Alita brillaba en su propia saga.

Es un manga raro Ashen Victor, por dos razones. La primera es su extensión: es un tomo único de poco más de ciento veinte páginas, lo que en términos japoneses es una historia muy corta. Su segunda rareza es que, tratándose de un manga deportivo, su protagonista dista mucho de ser el típico muchachito-ganador-que-lo-dará-todo-por-llegar-a-lo-más-alto que acostumbra verse en el género. Snev, el prota, es un perdedor (de pinta muy parecida a la de Edward Scissorhands) con tendencias suicidas. Repito: tendencias suicidas. La verdad es que el pibe tiene mucho talento, pero cada vez que está a punto de ganar una carrera… explota.

¿Cómo que explota? Eso, explota. Vuela por aire desmembrado, por su propia voluntad, en un acto de autoboicot sádico. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? Bueno, esto spoilea un poco pero no demasiado y vale la pena contarlo. En su primera carrera, Snev tuvo la mala suerte de atropellar a un tipo, un espectador que se metió en el circuito a correr (a contramano) vestido de maratonista. Snev chocó con él de frente y lo hizo papilla. Desde ese día, cada vez que Snev está por ganar una carrera, el maratonista se le aparece y le llena la cabeza de pensamientos negativos hasta hacerlo explotar. Literalmente. Boom. Pero… como casi todo el cuerpo de Snev es robótico, lo vuelven a armar y a correr de nuevo. Show must go on. Al público adicto al motorball le encanta ver explotar a Snev el suicida.

Con la premisa de arriba yo tuve suficiente para enamorarme de este manga, pero hay más. La historia es también un thriller ambientado en el mundo del deporte de alta competencia. Hay drogas, asesinatos, corporaciones podridas por dentro, mucha guita cambiando de mano, suspenso y un elenco de personajes muy bien diseñados (por dentro y por fuera) que se vuelven inmediatamente entrañables, como en el caso del ingeniero Holmegolud, u odiables como pasa con Dulagunov, otro jugador del equipo de Snev, un descerebrado con pinta de orco.

En este manga, Yukito Kishiro le pegó un volantazo a su estilo de dibujo. Se ve que el hombre, al momento de crear la obra, estaba fascinado con Sin City de Frank Miller. La influencia llega por momentos a la copia (en esas arrugas blancas de la ropa, tan millerianas) pero no pasa nada porque, según el prólogo, Kishiro mismo se ocupó de blanquear el asunto a voz en cuello. Y además, Kishiro es un virtuoso del carajo, como desmostró en Alita, con o sin Frank de por medio. Su arte brilla sobre todo en la escenas de acción que tienen una intensidad sobrecogedora. Nadie dibuja la velocidad como este maestro, que con una figura estática apenas separada del suelo y un puñado de líneas cinéticas, te pone el corazón a docientos por hora.

Si tengo que desaprobar algo, diría que los diálogos a veces pecan de informativos. Pero eso hasta podría considerarse una marca de estilo: cuando hay que explicar se explica y después a correr. Además, el detallito no arruina para nada la experiencia de lectura. Ashen Victor es una historieta redonda, compacta, intensa, de esas que se leen en una sentada y te dejan profundamente satisfecho.

Cómo NO me convertí en dibujante de historietas

Escuchá el texto leído por mí en este video o leelo vos, lo que prefieras.

De chico quise ser arqueólogo, por influencia del doctor Indiana Jones. De preadolescente, quise ser técnico electrónico, influenciado por el libro Cómo hacer baterías e imanes (un incunable publicado por Ediciones Plesa SM, en 1975, casualmente, el mismo año en que nací). En la adolescencia temprana vi Top Gun y quise ser piloto de un caza de combate. Pero, ojo, no cualquier piloto. Un piloto rebelde, un poco oveja negra pero claramente heroico, que cuando tiene que salvar al mundo lo salva sin pensarlo dos veces, y después hace el amor con su novia, a contraluz, mientras suena una dulce melodía de saxo.

Todo eso quise ser, pero no fui.

Cuando terminé la secundaria, en 1992, y llegó el momento de decidir qué hacer con el resto de mi vida, salió a la superficie una vocación que jamás había tenido en cuenta, a pesar de que siempre había estado ahí; desde Astérix, Luky Luke y La Pequeña Lulú, en Billiken, hasta a la revista Skorpio y los superhéroes de Perfil, pasando por Patouruzito, Isidoro, Fuera Borda, el Hombre araña en Aventuras inéditas del cine y la TV, algo de Columba, dos o tres Fierros, algunas Puertitas y todo lo que me cayera en las manos. En fin, decidí ser dibujante de historietas.

La verdad es que no recuerdo haber dibujado muchas historietas de chico, pero sí tenía un pequeño curriculum de dibujante a secas. En la primaria nunca había sido el mejor de mi grado. El mejor era Marcelo Demarco, pero yo siempre había estado en el podio o rondándolo. Y sobre los diez años, más o menos, había hecho un tiempito de taller.

En mi casa me apoyaban o estaban resignados. O las dos cosas. “Siempre fuiste un bohemio”, me dice todavía hoy mi mamá. Supongo que a esa altura ya sabía bien que el nene no iba para abogado o médico. Me apoyaban, como decía, pero no comían vidrio. Me sugirieron que estudiase algo más. Por las dudas. Por si lo de la historieta no resultaba ser el camino a la gloria, tapizado de pétalos de rosa, que yo me estaba imaginando. La situación económica familiar, además, me permitía el lujo de no tener que trabajar mientras estudiaba e insistieron en que eso había que aprovecharlo. Sabían de lo que hablaban, ellos no habían tenido tanta suerte.

Acepté la beca porque siempre fui un hijo bastante obediente y también porque tenía muy claro que para mi mamá y mi papá la universidad era algo importante, algo que necesitaban darme. Por otro lado, y para ser del todo sincero, debo confesar que la idea de trabajar ocho horas por día, en algo que no fuera de mi absoluto interés… no me erizaba la piel de emoción.

Yo era un pequeño principito de clase media, con las manos delicadas de alguien que nunca en su vida lavó un plato ni agarró una pala. Y decir “pala” es decir muchísimo. A esa altura de la vida no había agarrado ni una miserable escoba. No había cambiado una lamparita. No había lijado una pared. No había juntado las hojas del jardín en otoño. Digamos que ser un self made man no estaba entre mis prioridades.

¿Qué estudiar entonces? Descarté Bellas Artes, que era lo obvio, porque no me veía encajando en el ambiente artístico. De joven tenía muchos prejuicios, no era el ser de luz que soy ahora. Como además de leer historietas, también me gustaba leer novelas y libros de cuentos, otra opción era estudiar Filosofía y letras. Pero incluso con mi miope mirada, podía ver que ese Plan B requería un Plan C. Salvo que quisiera ser profesor, por supuesto, y yo no quería ser profesor. Periodismo, que terminaría siendo mi licenciatura, ni siquiera estaba en mi mapa mental. Así que me quedé sin opciones.

Entonces, de pronto, no recuerdo cómo, pero sospecho que simplemente porque empezaba a estar de moda, apareció en el horizonte la carrera de Diseño Gráfico. A mediados de los noventa, el imperio de la imagen ya había comenzado, cada día se necesitaban más diseñadores. Era perfecto: una profesión que consistía en dibujar, pintar y recortar papelitos —al menos en mi cabeza— y al mismo tiempo permitía una inserción rápida en el mercado laboral. El punto de equilibrio exacto entre mi mágico mundo de colores y el mundo real. Así y todo, recuerdo que en el colectivo, de camino a anotarme, todavía tenía mis dudas.

Empecé, al mismo tiempo, un curso de historieta en la legendaria escuela de Carlos Garaycochea y el Ciclo Básico Común, en Ciudad Universitaria, a una hora y media de viaje desde mi casa, en condiciones óptimas, que jamás se daban. Y ahí, en la facultad, tuvo lugar el primer incidente de los dos que mataron al Alejo Valdearena dibujante de historietas.

Fue durante la primera clase de Proyectual 1. Entré a un aula del tamaño de un par de canchas de papi fútbol, con ventanales al río, y me senté en la mesa que me tocaba. Al lado mío se sentó un pibe con el pelo de color amarillo patito y aros redondos, enormes, uno en cada oreja. Sospeché que no era del conurbano, como yo, porque en el conurbano darte la biaba y usar bijouterie de pirata podía costarte la vida. El límite estaba justo donde yo me encontraba parado: pelo largo y un solo arito, más bien discreto.

Intercambiamos algunas palabras circunstanciales con el pibe de pelo amarillo y arrancó la clase. Una ayudante de cátedra nos explicó lo que íbamos a hacer durante la cursada y después nos dio un trabajito fácil, como para empezar a conocernos. La consigna era dibujar un momento de nuestra vida cotidiana. Y no dudé. Me dibujé haciendo lo que había hecho durante casi todas las tardes del último año de la secundaria. Me dibujé tomando gaseosa y comiendo galletitas con mis amigos, sentado en el escalón de un kiosco mítico de mi barrio, al que nos referíamos como “el kiosco de las trolas” porque las dueñas eran una pareja de mujeres. Tengan en cuenta, por favor, que esto fue en los prehistóricos noventas, cuando la humanidad aún no había alcanzado la perfección en materia de concordia y tolerancia.

Recuerdo que estuve un rato abstraído en mi dibujo, luchando con el adoquinado de la calle y las figuras sentadas, que se me hacían imposibles de cuadrar. En algún momento, levanté la cabeza, miré hacia el costado y vi el trabajo del pibe de pelo amarillo. Estaba casi terminado. Se había dibujado entrando en una librería. Aún hoy, un cuarto de siglo más tarde, recuerdo la pose de la figura, algo inclinada hacia adelante, en el momento de dar un paso, con las manos en los bolsillos de la campera. No había esfuerzo en el trazo, no había, como en el mío, lucha contra el papel y la torpeza de la mano, era natural y fluido.

Asombroso. Pero más asombroso todavía era el entorno de la figura: la calle, con coches, edificios y transeúntes, dibujada con una perspectiva inapelable que le daba profundidad y realismo a la escena. Para colmo, el pibe todavía no había borrado las líneas de construcción; ahí estaban, delante de mis ojos, los secretos de ese truco de magia que llamamos dibujo, y rápidamente constaté que yo no sabía ninguno.

Como demuestra el hecho de que media vida más tarde le esté dedicando un texto, el golpe fue demoledor. Ese pibe, de exactamente mi edad, ya tenía un nivel muy pero muy cercano al profesional. Les juro que al lado de su trabajo, el mío era el esfuerzo patético de un alumnito de preescolar. Le pegunté dónde había aprendido a dibujar así y me respondió que en la escuela de Carlos Garaycochea: una coincidencia feliz, si se quiere, pero yo solo podía pensar en que estaba llegando muy tarde a la fiesta. El pibe había pasado de chico por lo de Garaycochea. Él ya sabía que iba a ser dibujante cuando yo todavía soñaba con ser Indiana Jones.

Enseguida nos pusimos a hablar de historieta, y en la charla me enteré de que la librería a la que el pibe estaba entrando en el dibujo tenía un sótano lleno de cómics. En la vidriera decía el nombre, Entelequia, escrito con las letras también en una odiosa perspectiva perfecta. Esa, por cierto, fue la primera noticia que tuve de la existencia de las comiquerías, locales que de inmediato se volvieron centrales en mi vida.

Por supuesto que me hice amigo del pibe, que además de dibujar bien, era un erudito. Había leído muchísimo más que yo. Empezó a recomendarme material del que yo no había oído hablar jamás. Fue como encontrar un manantial de historieta. Y aproveché su sabiduría. Le hice caso, por ejemplo, cuando insistió en que dejara el curso de los miércoles, en la escuela de Garaycochea, y me pasara al de los sábados. Me lo decía porque el profesor de los sábados era Oswal, un prócer de la patria historietista que fue el mejor maestro que he tenido en mi vida.

No recuerdo cuánto tiempo más tarde tuvo lugar el segundo incidente, pero sé que fue ese mismo año. El pibe de pelo amarillo me empezó a hablar de otro pibe que había conocido ahí, en la facultad. Otro dibujante como “nosotros”.

No tardó mucho en presentármelo. Tenía una melena larga y enrulada, con un volumen digno de cantante de glam metal, y usaba botas vaqueras. Sobra decir que tampoco era del conurbano. Me cayó bien y empezamos a encontrarnos los tres, cada vez más seguido, en el bar de la facultad. Nos divertíamos juntos. Teníamos el mismo tipo de humor y nos gustaban las mismas cosas. Sobre todo, odiábamos las mismas cosas. Y un día cualquiera, el de melena glam nos invitó a almorzar en su casa.

Hasta ese momento yo no había visto sus dibujos. Por eso, ese día, antes de comer, fuimos a su habitación y me mostró una historieta hecha por él. Y atención a esto: con ese trabajo, años atrás, el pibe había ganado un concurso de Cola-Cola. No lo podía creer. Lo que el pibe me estaba mostrando era un cómic de verdad, unas nueve o diez páginas completamente construidas en tinta, con globos, letras y personajes que se parecían a sí mismos de la primera a la última viñeta.

Este pibe tenía un estilo diferente al del pibe de pelo amarillo, más humorístico, pero igual de sólido. No podía ser verdad. Otro que era mucho mejor que yo. No me mal entiendan, no es que tuviera la necesidad de ser el mejor. Como dije al principio, Marcelo Demarco, el mejor de la primaria, me había dado una lección de humildad. Pero ya no estábamos en la primaria y de las tres personas que había en esa habitación, el único que no era Marcelo Demarco era yo.

Hice como los boxeadores que se levantan de la lona y fingen estar frescos cuando en realidad ya están noqueados. Seguí dibujando. Completé el curso de Oswal y no me arrepiento de haberlo hecho porque aprendí muchísimo. Pero ya no pude creerme que iba a ser dibujante.

El pibe de pelo amarillo dejó diseño gráfico al final del CBC y enseguida tuvo su primera oferta laboral de historieta. El pibe de melena glam y yo seguimos en la facultad un año más, en el que nos hicimos íntimos amigos. Ellos hicieron juntos un fazine y yo los ayudé a distribuirlo. Después, el pibe de pelo amarillo tuvo una oferta para hacer una serie y me preguntó si quería escribir el guión. No pasamos del número uno, pero quién nos quita lo bailado. Fue mi primera publicación. Nunca más volví a sentir la emoción que sentí al tener ese cómic en las manos. Ni siquiera cuando apenas más tarde, el pibe de melena glam y yo (de nuevo como guionista) empezamos a publicar nuestra propia serie; una sobre cuatro amigos muy perdedores que nos dio grandes alegrías.

¿Qué hubiera pasado si no los hubiera conocido? ¿Hubiera logrado ser dibujante de historieta? Quizás sí o quizás no. A esta altura ya no importa. Pero de algo estoy seguro: de no haberlos conocido, no me hubiera puesto a escribir esos primeros guiones que abrieron la compuerta. Francamente, creo que mi verdadera vocación es narrar, más allá de las herramientas que use. Y acá estoy, narrando.

Por eso no les guardo rencor a esos canallas, a pesar de la crueldad inhumana con que destrozaron mi sueño. Hoy en día, seguimos siendo grandes amigos.